Administración, proyectos y desarrollo comunitario

Capacitación, asesorías y consultorías  



* Artículos de opinión  

* Capacitación  

* Libros virtuales  

* TRM de Colombia  

* Noticias de Colombia  

* Planeación municipal  

* Presupuestos Municipales  

* Organización comunitaria  

* Economía solidaria  

* Manejo de cuencas  

* Gestión de proyectos  

* Liderazgo campesino  

* Clima en el mundo  

* Cuentos  

* Páginas amigas  

* Consiga empleo  

* Ayudante de tareas  

* Tablón de anuncios  

* Intercambio de banners  

* Frases célebres  

* Curiosidades  

* Entretenimiento  

* Clasificados  

* Compre libros  

* Publicidad  

* Cine análisis  



EL OFICIO DE RESTAR

 

Por: Dulce María Bautista L.

“No tengas nada en las manos

siéntate al sol. Abdica

y sé rey de ti mismo.”

Pessoa

 

... Mauro despertó perezoso y se revolvió entre las sábanas. Sus pensamientos pesimistas danzaron en oleadas sin que pudiera espantarlos. Estaba desempleado, deprimido. Consideró la posibilidad de utilizar los seis tiros del Smith & Wesson 38 de cañón recortado que tenía en la mesita del velador y dejar la última bala para él, pero abandonó la idea gracias a su mala puntería. Recordó el rostro joven de su último jefe quien lo había reducido a una cátedra miserable y sintió que el fuego de la rabia se le venía a las entrañas. Hizo la cuenta de sus enemigos y descubrió que seis balas no aguantaban la extensa lista. Aburrido, saltó de la cama y decidió irse a conversar con su vecino, al calor de un buen café.

 

Las casas eran bifamiliares, de esas casas antiguas que ya no construyen los arquitectos porque son antieconómicas. Como estaban unidas, Mauro podía escuchar el quehacer de su vecino, también desempleado. Muy temprano, Lucio iba al jardín y podaba las plantas mientras Mauro hacía el café. El vecino tosía para que Mauro supiera que necesitaba una taza bien caliente. Pero aquella mañana, cuando bajó a la cocina, Mauro no escuchó a Lucio.

 

Mauro encontró en el buzón un sobre dirigido al vecino. Luego de cavilar sobre el problema ético de violar la correspondencia, decidió abrirlo y halló una nota del siguiente tenor:

 

“Si quiere encontrar trabajo fácil, rápido y sin tantas referencias, venga al Complejo Habitacional La Riviera, Manzana 20, Bloque 12, Edificio B, Apartamento Interior 1, Puerta 3”

Al final de la nota había un teléfono y, entre paréntesis, se rogaba (no llamar).

 

Mauro pensó que Lucio habría ido a una entrevista de trabajo sin decirle nada, para eliminar la competencia. Esa fue la primera hipótesis, mientras tomaba su taza de café en el porche. Pero desechó la idea de inmediato; no era posible que Lucio se enterara de la oferta de trabajo antes de recibir la nota, porque nunca recogía la correspondencia. ¿Y si se hubiera enterado de oídas? ¡Imposible! Lucio no contaba sus problemas. Mauro sabía que estaba desempleado porque con el tiempo, habían logrado una cierta confianza. Lucio no tenía televisión; la detestaba. Sólo escuchaba el concierto de mediodía los domingos en su radiecito portátil. Conclusión: Lucio desconocía el contenido de la nota. Pero ¿quién se la habría enviado?

 

Tal vez el remitente hubiera telefoneado para darle la dirección. Era más verosímil que, de esta forma, Lucio hubiera conseguido el empleo. De ser cierto, ¿por qué querría ocultar su nuevo oficio? He aquí la segunda hipótesis de Mauro: Lucio había conseguido un trabajo no convencional.

 

Volvió a leer la nota y, esta vez, le pareció sospechoso el encabezamiento: “Si quiere conseguir trabajo rápido, fácil y sin tantas referencias...” De veras era sospechosa; testaferro, traficante, raspachín, contrabandista, falsificador, terrorista, tramitador, informante... la lista era variada. Era posible que por esta razón, Lucio quisiera evitar las explicaciones.

 

Dando por cierta la segunda hipótesis, Mauro se echó el último sorbo de café y fue a vestirse apresuradamente. Quería descubrir a Lucio, pero, más que nada, quería también un empleo. De repente, la mañana se volvió importante; haría algo diferente de esperar en vano una llamada telefónica; era difícil que entre las miles de hojas de vida de los desempleados, alguien escogiera la de Mauro. Primero, porque según él, tenía mala suerte y segundo, porque cuando conseguía el dinero para ponerla al correo, había pasado por lo menos un día desde la aparición del aviso en la prensa y la demora, suele ser fatal en estos casos.

 

Por fortuna, ese día Mauro encontró dos monedas en el bolsillo de un pantalón viejo. Aquel era un auténtico milagro. Sin más preámbulos, tomó las llaves y salió aprisa. Al llegar a la estación de autobuses advirtió que no sabía para dónde iba. Sacó la nota que llevaba en el bolsillo y se acercó al vendedor de boletos:

 

-¿Puede usted decirme dónde queda el Complejo Habitacional La Riviera, Manzana 20, bloque 12?

 

El hombre arqueó una ceja y negó con la cabeza. Mauro no se desesperó aún, pero sintió que un empleado de estación de buses debe conocer la ciudad. Preguntó a otros que estaban por comprar sus boletos:

 

-Señor, disculpe, puede informarme en dónde queda el Complejo Habitacional La Riviera, Manzana 20, Bloque 12? Señorita, por favor, sabe usted dónde queda el Complejo Habitacional La Riviera, Manzana 20? Perdón...Caballero, ¿me puede decir qué ruta tomo para llegar al Complejo Habitacional La Riviera?

 

Y cuando empezaba a desesperarse, una voz como venida de los cielos dijo: “Tome la ruta 60...”

 

Gracias a Dios había gente solidaria. Mauro apretaba la moneda que le quedaba y volvía a soltarla en su bolsillo, convencido de que ese era su día de suerte. Pero la ruta 60 era la más extensa y, de pronto, una nueva angustia lo asaltó.

 

-Señorita, ¿en qué estación me bajo para ir al complejo Habitacional La Riviera? Señor, ¿en dónde me bajo para ir a...? Oiga, me puede decir en qué estación me quedo para ir a La Riviera ¿A dónde? Riviera –contestó Mauro-. Bájese aquí –chilló una anciana y enfatizó con las manos en que esa era la estación.

Al salir, Mauro se sintió en otra ciudad. Era una avenida amplia de las que salen en las noticias cuando el alcalde las inaugura, pero con tantos problemas, Mauro no había entendido por dónde pasaba esa avenida y, mucho menos, cuáles eran los barrios aledaños. No importaba, porque ahí estaba el Complejo Habitacional La Riviera según se lo había dicho la anciana. ¿Y si no lo había entendido? ¿Si en lugar de La Riviera ella había confundido el nombre? Una angustia visceral lo hizo temblar. ¿Hacia dónde iba? Buscó el norte. Por el nombre, el lugar debía estar en la zona de oficinas, es decir, al norte. Al cabo de un rato, notó que allí solamente había parques amplios, cruzados por pequeñas calles peatonales, lo cual significaba que ningún complejo habitacional estaba cerca. ¿Por qué habitacional? ¿Se trataba de un lugar de finca raíz o de la casa de algún hombre de negocios? Ahora sí le parecía más sospechosa la dirección. Cansado, se detuvo en una esquina y preguntó nuevamente por la dirección; un hombre joven con pinta de ejecutivo le respondió con voz recia que estaba justo al otro lado. Tendría que regresar a la avenida y buscar el sur, y se atrevió a comentar que ese era un barrio muy nuevo en donde los ejecutivos jóvenes solían instalar oficinas de reclutamiento de empleados menores de 35 años, con lo que hizo sentir muy mal a Mauro que ya estaba por los 45. Caminaron en esa dirección y al llegar de nuevo a la avenida, el joven repitió las instrucciones antes de despedirse.

 

Seguro de estar en la ruta correcta, Mauro anduvo quince calles en línea recta y cruzó a la izquierda, pues según el informante allí estaba el lugar en una esquina, con altos edificios que sobrepasaban los treinta pisos. Pero Mauro se encontró con un pequeño parque y ningún edificio. Era un lugar de casitas viejas y al fondo se veía una pequeña edificación que era un puesto de salud.

 

Preguntó a una de las niñeras en dónde estaba el Complejo Habitacional La Riviera y ella se rió de la pregunta angustiada de Mauro.

 

-Señor –dijo- está usted al otro lado. Para llegar allá tiene que salir a una avenida grande, la de los autobuses, ¿recuerda? Debe atravesarla y dirigirse hacia el occidente, porque esos complejos son de gente muy acomodada y por aquí sólo viven los pobres.

-¡Pero cómo! –interpeló Mauro impaciente- Hace dos horas me encontré con un joven y él me ha dicho que es aquí. Incluso, me ha dicho que hay una manzana entera de edificios altos... –Y se interrumpió al caer en cuenta de su error.

“-¡Cómo es de difícil encontrar una dirección! Ahora tendré que restar una cuadra de un lado y quince más hacia abajo, para pasar la avenida...” pensó mientras acariciaba esa única moneda que le bailaba en el bolsillo.

 

Restó sus cuadras y llegó a la avenida. Esperó a que no hubiera tanto tráfico y saltó como un conejo para atravesarla porque ahí, justamente, no había puente para peatones. A salvo, sudoroso y fatigado, se supo un vencedor. Estaba del otro lado y, por si las moscas, le preguntó a un muchachito hacia dónde quedaba el occidente. Caminó unas cuantas cuadras y escuchó el reloj de mediodía de la estación de buses que avisaba el cambio de conductores. Los de la tarde tenían fama de correr más que los del turno de la mañana. Se consoló pensando que regresaría temprano a casa. Se paró unos minutos ante un mapa y consultó el nombre del Complejo Habitacional a donde se dirigía, pero no vio ninguno que indicara en dónde estaba ubicada La Riviera. Definitivamente la ciudad era un caos. ¡Cómo se les ocurría diseñar un mapa parcial de las zonas! ¿Por qué no estaba La Riviera en esa ruta? Como cualquier turista, Mauro preguntó a una pareja por la dirección y ellos le indicaron que estaba realmente muy lejos. Tendría que caminar unas treinta cuadras en línea recta y cruzar a la derecha unas diez. Después de eso, debía subir dos cuadras largas que parecían cuatro y, al llegar a una pequeña plaza histórica –no recordaron el nombre- debía voltear a la derecha unas cinco cuadras. Allí, detrás de una valla, se extendía una calle larga y, al final, estaba el Complejo Habitacional La Riviera. También le advirtieron a Mauro que, una vez dentro del complejo habitacional, había que hacerse amigo del vigilante de la puerta principal, pues se suelen hacer bromas pesadas a las personas que visitan por primera vez el lugar. Una vez cumplida esa tarea, había que ubicar, con toda precisión, cada una de las zonas especificadas y ¡ojo! El hecho de conquistar el edificio B, y el apartamento distinguido con el interior 1 no es ninguna garantía. Hay que estar atento porque los interiores en esas edificaciones varían de piso y, lo que es peor, más de uno se distingue con la misma nomenclatura. Claro, la ventaja era que le daban el número de la puerta; de lo contrario, tendría que llamar a cada puerta marcada con el indicativo interior 1. Pero estaba de buenas. Esas instrucciones no podían fallar. Eso suele pasar en los Complejos Habitacionales de último estrato, dijeron los muchachos.

-¡Pero cómo –chilló Mauro- ¿Luego no es un lugar exclusivo?

 

Ellos se rieron. Sí, exclusivo de pobres. Por eso es tan difícil encontrar la dirección. Incluso los empleados de correo dejan la correspondencia con el vigilante de la entrada principal y este la retiene según los vecinos sean de sus afectos o no.

 

¡Qué caos! Sin embargo, ahora Mauro tenía un mapa mental del lugar y empezó a caminar despacio en tanto analizaba varias posibilidades: Que el aviso fuera una trampa y allí secuestraran a los aspirantes y les sacaran los órganos para venderlos a los hospitales. Que fuera una broma de mal gusto de alguien que quería jugar con los incautos que se atreven en zonas extrañas de la ciudad. Que no existiera esa dirección. Que un enemigo de Lucio hubiera escogido ese lugar para llevar a cabo una venganza. Que el trabajo consistiera en repartir periódicos, leche, vender frutas en los puestos ambulantes, cuidar a una viejita por la noche, etc.

 

¡La hoja de vida! Dios mío, entre tanta prisa Mauro la había olvidado. Mientras pensaba qué decir si se la pedían –que era lo más seguro-, Mauro contemplaba a los empleados de las pequeñas oficinas de los alrededores que salían a almorzar. Eso lo distrajo de su preocupación hasta que un taxista le preguntó por una dirección que Mauro ni entendía, ni tampoco quiso entender y se ganó de inmediato una buena mención parental que por poco lo deja paralizado de rabia.

 

Mauro estaba exhausto. Se sentó en un poyo y respiró. Hizo conciencia de sus piernas y supo que era el único vehículo que le quedaba para alcanzar el objetivo. Ya casi coronaba las primeras treinta cuadras que los muchachos le habían predicho, pero no dejaba de convencerse de que aquella era una torpeza que no pensaba repetir.

 

Al reanudar la marcha, se sintió de veras fatigado. Las piernas, como madejas, le hormigueaban, perdían resistencia, pero se dijo que todavía era un guerrero.

 

Efectivamente, había una valla al final de las últimas cuadras del recorrido y era cierto que una larga calle separaba el Complejo Habitacional del resto de la urbe. Si había llegado a La Riviera, estaba a salvo, aunque a las dos de la tarde ya era difícil que un empleador lo entrevistara. Como era la recta final de su carrera, corrió lo más que pudo, pretendiendo que las pantorrillas no le dolían y que las veces que se le había volteado el pie izquierdo no contaban como lastimaduras de la odisea. Estaba ahí, sudoroso, feliz frente a un aviso grande que decía: Complejo Habitacional La Riviera.

 

-¡Ay, caballero, vengo muerto. Usted no se imagina lo que me tocó hacer para llegar hasta aquí... Me figuro que a usted le pasará lo mismo todos los días...

-No, por fortuna yo vivo aquí -respondió el vigilante.

-Ah, bueno, esa es una ventaja. Imagínese lo que sería caminar a diario todas esas cuadras...

-¿Adónde va?

-Pues verá, me llegó esta nota y tengo una entrevista de trabajo en esa oficina...

-¿Oficina? No, usted está equivocado. Aquí no hay oficinas. ¿No ha visto el letrero? Dice Complejo Habitacional... Entenderá que es sólo para vivienda.

-Sí, lo comprendo, pero la nota corresponde con esta dirección, ¿no es cierto?

-Pues sí y no –musitó el vigilante meneando la cabeza de derecha a izquierda-. Hasta el bloque 12 existe, pero no veo en dónde puede estar el edificio B, ya que en el bloque 12 sólo está el edificio A. Y los apartamentos del interior 1 sólo tienen puerta 1 y puerta 2. Por eso, creo que usted no está en el lugar indicado. A menos que...

Mauro urgió al vigilante con una arqueada de ceja. Entonces el hombre dijo que debía buscar la puerta principal en donde había un plano completo del Complejo y que ahí se encontraba otro vigilante entrenado para orientarlo mejor. Sin embargo, no se podía entrar al Complejo por esa puerta para ir a la principal. Tendría que darle la vuelta a la construcción y era difícil que llegara de día, porque aquella especie de ciudadela estaba rodeada de lotes aún sin construir y un caño que no habían canalizado los arquitectos que compraron los predios vecinos. Esa era la razón por la cual existía una valla, para impedir la entrada de maleantes.

 

-Entonces ¿usted cree que no puedo darle la vuelta para llegar a la entrada principal?

-Definitivamente no –confirmó el vigilante- Le tocaría ir hasta la valla y devolverse una doce calles, bajar unas treinta y cruzar a la derecha para encontrar la entrada principal.

-¡Pero no puedo hacer eso! ¡No tengo tiempo, perderé la entrevista! –gritó Mauro desesperado.

 

El vigilante estuvo unos momentos mascullando palabras ininteligibles, como si reflexionara en voz alta y, después, se comunicó con otro vigilante para preguntarle por esa dirección. “Negativo” se oyó por el radioteléfono la voz del otro. Entonces el vigilante se volvió hacia Mauro y le dijo que esa dirección no existía y que así no podía dejarlo pasar.

 

-Mire, amigo -dijo más calmado Mauro- yo soy un profesor universitario. Mi jefe me dejó sin trabajo. Esta es mi única oportunidad. No sabe cuántas cuadras he recorrido para llegar hasta aquí. Salí de mi casa esta mañana antes de las ocho, y estoy con un café en el estómago. Considere usted: cuando uno tiene obligaciones, hace lo que sea. Sólo me queda una moneda para regresar a casa, por eso no puedo volver mañana. Yo le suplico, déjeme entrar, que si no estuviera en esta situación no lo molestaría...

 

El vigilante llamó por el radio al otro guardia y éste vino a recibir a Mauro. Le advirtió que por nada del mundo se podía acercar a la entrada principal para consultar el mapa.

 

Entonces buscaron en el bloque 21, en el 35, en el 18, en el 2... encontraron edificio B apartamento interior 1 y puerta 3, pero en ninguno de ellos se estaban solicitando operarios, limpiadores, repartidores, ni nada. Mauro le preguntó al vigilante si había otra solución y el hombre, compadecido, le confesó que había un edificio con esas características, pero que era un lugar restringido. Le hizo prometer que no se lo comentaría al vigilante de la puerta y Mauro asintió entre cansado y de mal genio, pero en el fondo verdaderamente agradecido por esa deferencia.

 

En efecto, había otro bloque 12, más viejo que el resto de los edificios, igualmente pobre y el último edificio estaba marcado con la letra B. A la entrada decía interior 1 y, en un oscuro pasillo, se repartían las tres puertas aún numeradas. Mauro dio gracias porque no tuvo que subir miles de escalones de nuevo. A las cinco de la tarde resultaba imposible subir y bajar un peldaño más. Se precipitó como un niño ansioso y llamó a la puerta con los nudillos. No tuvo qué golpear por segunda vez. El vigilante sacó una llave maestra y abrió el apartamento; estaba vacío. Según el polvo acumulado, hacía meses nadie vivía allí.

 

-No puede ser... ¡debe haber un error...! Tiene qué existir otro bloque, otro edificio con las mismas características...

 

El vigilante se encogió de hombros. Ya no podía hacer más. Habían explorado a fondo el Complejo Habitacional La Riviera...

 

Regresaron en silencio. Mauro les agradeció; los vigilantes se diluyeron tras la cortina de pensamientos que cayó en el ánimo teatral del guerrero que reconoció por fin su derrota. Caminó despacio; ¿para qué apurarse? Gastó dos horas y a las siete conquistó la estación convencido de que restar cuadras es mejor que sumarlas.

 

“Los conductores de la tarde son veloces” -se dijo-; era la única alegría de su aventura. Se llevó la mano al bolsillo, pero no encontró la moneda. Seguramente, de tanto subir y bajar escaleras se le había escapado por un minúsculo roto del pantalón que, o bien no había notado, o fue el producto de sus uñas ansiosas durante la caminata.

 

Mauro restó cuadras toda la noche bajo un fuerte aguacero y llegó a su casa en la madrugada. A pesar del cansancio, abrió el buzón por ver si había alguna oferta de trabajo y se encontró con una nota de Lucio:

 

“He conseguido un buen trabajo y me gustaría que te emplearas también. Si sigues atentamente las instrucciones, estarás bien en poco tiempo. Entra a internet y marca Complejo Habitacional La Riviera.com. Seguidamente, encontrarás una tabla de instrucciones: Manzana 20 Bloque 12, Edificio B, Apartamento interior 1, Puerta 3. Obsérvalas y escoge tu opción. Te llamaré el fin de semana para ver cómo te ha ido. Suerte,

 

Lucio.”



RECOMIENDA ESTA WEB A UN AMIGO



RECOMIENDA ESTA PÁGINA WEB

Patrocinadores  






Cómo pautar aquí  


Copyright© 2003, Armando Malebranch Eraso D.


96