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Administración, proyectos y desarrollo comunitario Capacitación, asesorías y consultorías
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Por: Dulce María Bautista L.
“No
tengas nada en las manos siéntate al sol.
Abdica y sé rey de ti mismo.” Pessoa ...
Mauro despertó perezoso y se revolvió entre las sábanas. Sus pensamientos
pesimistas danzaron en oleadas sin que pudiera espantarlos. Estaba desempleado,
deprimido. Consideró la posibilidad de utilizar los seis tiros del Smith & Wesson 38 de cañón
recortado que tenía en la mesita del velador y dejar la última bala para él,
pero abandonó la idea gracias a su mala puntería. Recordó el rostro joven de su
último jefe quien lo había reducido a una cátedra miserable y sintió que el
fuego de la rabia se le venía a las entrañas. Hizo la cuenta de sus enemigos y
descubrió que seis balas no aguantaban la extensa lista. Aburrido,
saltó de la cama y decidió irse a conversar con su vecino, al calor de
un buen café. Las
casas eran bifamiliares, de esas casas antiguas que
ya no construyen los arquitectos porque son antieconómicas. Como estaban
unidas, Mauro podía escuchar el quehacer de su vecino, también desempleado. Muy
temprano, Lucio iba al jardín y podaba las plantas mientras Mauro hacía el
café. El vecino tosía para que Mauro supiera
que necesitaba una taza bien caliente.
Pero aquella mañana, cuando bajó a la cocina, Mauro no escuchó a Lucio. Mauro
encontró en el buzón un sobre dirigido al vecino. Luego de cavilar sobre el
problema ético de violar la correspondencia,
decidió abrirlo y halló una nota del siguiente tenor: “Si
quiere encontrar trabajo fácil, rápido y sin tantas referencias, venga al
Complejo Habitacional La Riviera, Manzana 20, Bloque
12, Edificio B, Apartamento Interior 1,
Puerta 3” Al
final de la nota había un teléfono y,
entre paréntesis, se rogaba (no llamar). Mauro
pensó que Lucio habría ido a una entrevista de trabajo sin decirle nada, para
eliminar la competencia. Esa fue la primera hipótesis, mientras tomaba su taza
de café en el porche. Pero desechó la idea de inmediato; no era posible que
Lucio se enterara de la oferta de trabajo antes de recibir la nota, porque
nunca recogía la correspondencia. ¿Y si se hubiera enterado de oídas?
¡Imposible! Lucio no contaba sus problemas. Mauro sabía que estaba desempleado
porque con el tiempo, habían logrado una cierta confianza. Lucio no tenía
televisión; la detestaba. Sólo escuchaba el concierto de mediodía los domingos
en su radiecito portátil. Conclusión: Lucio desconocía el contenido de la
nota. Pero ¿quién se la habría enviado? Tal
vez el remitente hubiera telefoneado para darle la dirección. Era más verosímil
que, de esta forma, Lucio hubiera conseguido el empleo. De ser cierto, ¿por qué
querría ocultar su nuevo oficio? He aquí la segunda hipótesis de Mauro: Lucio
había conseguido un trabajo no convencional. Volvió
a leer la nota y, esta vez, le pareció sospechoso el encabezamiento: “Si quiere
conseguir trabajo rápido, fácil y sin tantas referencias...” De veras era
sospechosa; testaferro, traficante, raspachín,
contrabandista, falsificador, terrorista, tramitador, informante... la lista
era variada. Era posible que por esta razón,
Lucio quisiera evitar las explicaciones. Dando
por cierta la segunda hipótesis, Mauro se echó el último sorbo de café y fue a
vestirse apresuradamente. Quería descubrir a Lucio, pero, más que nada, quería también un empleo.
De repente, la mañana se volvió importante; haría algo diferente de esperar en
vano una llamada telefónica; era difícil
que entre las miles de hojas de vida de los desempleados, alguien escogiera la
de Mauro. Primero, porque según él, tenía mala suerte y segundo, porque cuando
conseguía el dinero para ponerla al correo,
había pasado por lo menos un día desde la aparición del aviso en la prensa
y la demora, suele ser fatal en estos
casos. Por
fortuna, ese día Mauro encontró dos monedas en el bolsillo de un pantalón
viejo. Aquel era un auténtico milagro.
Sin más preámbulos, tomó las llaves y salió aprisa. Al llegar a la estación de autobuses advirtió
que no sabía para dónde iba. Sacó la nota que llevaba en el bolsillo y se acercó al vendedor de boletos: -¿Puede
usted decirme dónde queda el Complejo Habitacional La Riviera,
Manzana 20, bloque 12? El
hombre arqueó una ceja y negó con la cabeza.
Mauro no se desesperó aún, pero sintió que un empleado de estación de
buses debe conocer la ciudad. Preguntó a otros que estaban por comprar sus
boletos: -Señor,
disculpe, puede informarme en dónde queda el Complejo Habitacional La Riviera, Manzana 20, Bloque 12? Señorita, por favor, sabe usted dónde queda
el Complejo Habitacional La Riviera, Manzana 20? Perdón...Caballero, ¿me puede decir qué ruta tomo para
llegar al Complejo Habitacional La Riviera? Y
cuando empezaba a desesperarse, una voz como venida de los cielos dijo: “Tome
la ruta 60...” Gracias
a Dios había gente solidaria. Mauro apretaba la moneda que le quedaba y volvía
a soltarla en su bolsillo, convencido de que ese era su día de suerte. Pero la ruta 60 era la más extensa y, de
pronto, una nueva angustia lo
asaltó. -Señorita,
¿en qué estación me bajo para ir al complejo Habitacional La Riviera? Señor, ¿en dónde me bajo para ir a...? Oiga, me
puede decir en qué estación me quedo para ir a La Riviera
¿A dónde? Riviera –contestó Mauro-. Bájese aquí
–chilló una anciana y enfatizó con las manos en que esa era la estación. Al
salir, Mauro se sintió en otra ciudad. Era una avenida amplia de las que salen
en las noticias cuando el alcalde las inaugura, pero con tantos problemas,
Mauro no había entendido por dónde pasaba esa avenida y, mucho menos, cuáles
eran los barrios aledaños. No importaba, porque ahí estaba el Complejo
Habitacional La Riviera según se lo había dicho la
anciana. ¿Y si no lo había entendido? ¿Si en lugar de La Riviera
ella había confundido el nombre? Una angustia visceral lo hizo temblar. ¿Hacia
dónde iba? Buscó el norte. Por el nombre, el lugar debía estar en la zona de
oficinas, es decir, al norte. Al cabo de un rato, notó que allí solamente
había parques amplios, cruzados por pequeñas calles peatonales, lo cual
significaba que ningún complejo habitacional estaba cerca. ¿Por qué
habitacional? ¿Se trataba de un lugar de finca raíz o de la casa de algún
hombre de negocios? Ahora sí le parecía más sospechosa la dirección. Cansado,
se detuvo en una esquina y preguntó nuevamente por la dirección; un hombre joven con pinta de ejecutivo le
respondió con voz recia que estaba justo al otro lado. Tendría que regresar a
la avenida y buscar el sur, y se atrevió a comentar que ese era un barrio muy
nuevo en donde los ejecutivos jóvenes solían instalar oficinas de reclutamiento
de empleados menores de 35 años, con lo que hizo sentir muy mal a Mauro que ya
estaba por los 45. Caminaron en esa
dirección y al llegar de nuevo a la avenida, el joven repitió las instrucciones
antes de despedirse. Seguro
de estar en la ruta correcta, Mauro anduvo quince calles en línea recta y cruzó
a la izquierda, pues según el informante allí estaba el lugar en una esquina,
con altos edificios que sobrepasaban los treinta pisos. Pero Mauro se
encontró con un pequeño parque y ningún
edificio. Era un lugar de casitas viejas y al fondo se veía una pequeña
edificación que era un puesto de salud. Preguntó
a una de las niñeras en dónde estaba el Complejo Habitacional La Riviera y ella se rió de la pregunta angustiada de Mauro. -Señor
–dijo- está usted al otro lado. Para llegar allá tiene que salir a una avenida
grande, la de los autobuses, ¿recuerda? Debe atravesarla y dirigirse hacia el
occidente, porque esos complejos son de gente muy acomodada y por aquí sólo
viven los pobres. -¡Pero
cómo! –interpeló Mauro impaciente- Hace dos horas me
encontré con un joven y él me ha dicho que es aquí. Incluso, me ha dicho que
hay una manzana entera de edificios altos... –Y se interrumpió al caer en cuenta
de su error. “-¡Cómo
es de difícil encontrar una dirección! Ahora tendré que restar una cuadra de un
lado y quince más hacia abajo, para pasar la avenida...” pensó mientras
acariciaba esa única moneda que le bailaba en el bolsillo. Restó
sus cuadras y llegó a la avenida. Esperó a que no hubiera tanto tráfico y saltó
como un conejo para atravesarla porque ahí, justamente, no había puente para
peatones. A salvo, sudoroso y fatigado, se supo un vencedor. Estaba del otro
lado y, por si las moscas, le preguntó a un muchachito hacia dónde quedaba el
occidente. Caminó unas cuantas cuadras y escuchó el reloj de mediodía de la
estación de buses que avisaba el cambio de conductores. Los de la tarde tenían
fama de correr más que los del turno de la mañana. Se consoló pensando que
regresaría temprano a casa. Se paró unos minutos ante un mapa y consultó el
nombre del Complejo Habitacional a donde se dirigía, pero no vio ninguno que
indicara en dónde estaba ubicada La Riviera.
Definitivamente la ciudad era un caos. ¡Cómo se les ocurría diseñar un mapa
parcial de las zonas! ¿Por qué no estaba La Riviera
en esa ruta? Como cualquier turista, Mauro preguntó a una pareja por la
dirección y ellos le indicaron que estaba realmente muy lejos. Tendría que
caminar unas treinta cuadras en línea recta y cruzar a la derecha unas diez.
Después de eso, debía subir dos cuadras
largas que parecían cuatro y, al llegar a una pequeña plaza histórica –no
recordaron el nombre- debía voltear a la
derecha unas cinco cuadras. Allí, detrás de una valla, se extendía una calle
larga y, al final, estaba el Complejo Habitacional La Riviera. También le advirtieron a Mauro que, una vez
dentro del complejo habitacional, había que hacerse amigo del vigilante de la
puerta principal, pues se suelen hacer bromas pesadas a las personas que
visitan por primera vez el lugar. Una vez cumplida esa tarea, había que ubicar,
con toda precisión, cada una de las zonas especificadas y ¡ojo! El hecho
de conquistar el edificio B, y el
apartamento distinguido con el interior 1 no es ninguna garantía. Hay que estar
atento porque los interiores en esas edificaciones varían de piso y, lo que es
peor, más de uno se distingue con la misma nomenclatura. Claro, la ventaja era
que le daban el número de la puerta; de lo contrario, tendría que llamar a cada
puerta marcada con el indicativo
interior 1. Pero estaba de buenas. Esas instrucciones no podían fallar. Eso
suele pasar en los Complejos Habitacionales de último estrato, dijeron los muchachos. -¡Pero cómo –chilló Mauro- ¿Luego no es un lugar exclusivo? Ellos
se rieron. Sí, exclusivo de pobres. Por eso es tan difícil encontrar la
dirección. Incluso los empleados de correo dejan la correspondencia con el
vigilante de la entrada principal y este la retiene según los vecinos sean de sus afectos o no. ¡Qué
caos! Sin embargo, ahora Mauro tenía un mapa mental del lugar y empezó a
caminar despacio en tanto analizaba varias posibilidades: Que el aviso fuera
una trampa y allí secuestraran a los aspirantes y les sacaran los órganos para
venderlos a los hospitales. Que fuera una broma de mal gusto de alguien que
quería jugar con los incautos que se atreven en zonas extrañas de la ciudad.
Que no existiera esa dirección. Que un enemigo de Lucio hubiera escogido ese
lugar para llevar a cabo una venganza. Que el trabajo consistiera en repartir
periódicos, leche, vender frutas en los puestos ambulantes, cuidar a una
viejita por la noche, etc. ¡La
hoja de vida! Dios mío, entre tanta prisa Mauro la había olvidado. Mientras
pensaba qué decir si se la pedían –que era lo más seguro-, Mauro contemplaba a los empleados de las
pequeñas oficinas de los alrededores que salían a almorzar. Eso lo distrajo de
su preocupación hasta que un taxista le preguntó por una dirección que Mauro ni
entendía, ni tampoco quiso entender y se ganó de inmediato una buena mención parental que por poco lo deja paralizado de rabia. Mauro
estaba exhausto. Se sentó en un poyo y respiró. Hizo conciencia de sus piernas
y supo que era el único vehículo que le quedaba para alcanzar el objetivo. Ya
casi coronaba las primeras treinta cuadras que los muchachos le habían
predicho, pero no dejaba de convencerse de que aquella era una torpeza que no
pensaba repetir. Al
reanudar la marcha, se sintió de veras fatigado. Las piernas, como
madejas, le hormigueaban, perdían
resistencia, pero se dijo que todavía era un guerrero. Efectivamente,
había una valla al final de las últimas cuadras del recorrido y era cierto que una larga calle
separaba el Complejo Habitacional del resto de la urbe. Si había llegado a La Riviera, estaba a salvo, aunque a las dos de la tarde ya
era difícil que un empleador lo entrevistara. Como era la recta final de su
carrera, corrió lo más que pudo, pretendiendo que las pantorrillas no le dolían
y que las veces que se le había volteado el pie izquierdo no contaban como
lastimaduras de la odisea. Estaba ahí, sudoroso, feliz frente a un aviso grande que decía: Complejo Habitacional La Riviera. -¡Ay, caballero, vengo muerto. Usted no se imagina lo que me
tocó hacer para llegar hasta aquí... Me figuro que a usted le pasará lo mismo
todos los días... -No,
por fortuna yo vivo aquí -respondió el
vigilante. -Ah,
bueno, esa es una ventaja. Imagínese lo
que sería caminar a diario todas esas cuadras... -¿Adónde
va? -Pues
verá, me llegó esta nota y tengo una entrevista de trabajo en esa oficina... -¿Oficina?
No, usted está equivocado. Aquí no hay oficinas. ¿No ha visto el letrero? Dice
Complejo Habitacional... Entenderá que es sólo para vivienda. -Sí,
lo comprendo, pero la nota corresponde con esta dirección, ¿no es cierto? -Pues
sí y no –musitó el vigilante meneando la cabeza de derecha a izquierda-. Hasta
el bloque 12 existe, pero no veo en dónde puede estar el edificio B, ya que en
el bloque 12 sólo está el edificio A. Y los apartamentos del interior 1 sólo
tienen puerta 1 y puerta 2. Por eso, creo que usted no está en el lugar
indicado. A menos que... Mauro
urgió al vigilante con una arqueada de ceja. Entonces el hombre dijo que debía
buscar la puerta principal en donde había un plano completo del Complejo y que
ahí se encontraba otro vigilante entrenado para
orientarlo mejor. Sin embargo, no
se podía entrar al Complejo por esa puerta para ir a la principal. Tendría que
darle la vuelta a la construcción y era difícil que llegara de día, porque
aquella especie de ciudadela estaba rodeada de lotes aún sin construir y un
caño que no habían canalizado los arquitectos que compraron los predios
vecinos. Esa era la razón por la cual existía una valla, para impedir la entrada
de maleantes. -Entonces
¿usted cree que no puedo darle la vuelta para llegar a la entrada principal? -Definitivamente
no –confirmó el vigilante- Le tocaría ir hasta la valla y devolverse una doce
calles, bajar unas treinta y cruzar a la derecha para encontrar la entrada
principal. -¡Pero
no puedo hacer eso! ¡No tengo tiempo, perderé la entrevista! –gritó Mauro
desesperado. El
vigilante estuvo unos momentos mascullando palabras ininteligibles, como si
reflexionara en voz alta y, después, se comunicó con otro vigilante para
preguntarle por esa dirección. “Negativo” se oyó por el radioteléfono la voz
del otro. Entonces el vigilante se volvió hacia Mauro y le dijo que esa
dirección no existía y que así no podía dejarlo pasar. -Mire,
amigo -dijo más calmado Mauro- yo soy un profesor universitario. Mi jefe me
dejó sin trabajo. Esta es mi única
oportunidad. No sabe cuántas cuadras he
recorrido para llegar hasta aquí. Salí de mi casa esta mañana antes de las
ocho, y estoy con un café en el estómago. Considere usted: cuando uno tiene
obligaciones, hace lo que sea. Sólo me queda una moneda para regresar a casa,
por eso no puedo volver mañana. Yo le suplico, déjeme entrar, que si no
estuviera en esta situación no lo molestaría... El
vigilante llamó por el radio al otro guardia y éste vino a recibir a Mauro. Le
advirtió que por nada del mundo se podía acercar a la entrada principal para
consultar el mapa. Entonces
buscaron en el bloque 21, en el 35, en el 18, en el 2... encontraron
edificio B apartamento interior 1 y puerta 3, pero en ninguno de ellos se
estaban solicitando operarios, limpiadores, repartidores, ni nada. Mauro le
preguntó al vigilante si había otra solución y el hombre, compadecido, le confesó que había un edificio con esas
características, pero que era un lugar restringido. Le hizo prometer que no se
lo comentaría al vigilante de la puerta y Mauro asintió entre cansado y de mal
genio, pero en el fondo verdaderamente agradecido por esa deferencia. En
efecto, había otro bloque 12, más viejo que el resto de los edificios,
igualmente pobre y el último
edificio estaba marcado con la letra
B. A la entrada decía interior 1 y, en
un oscuro pasillo, se repartían las tres
puertas aún numeradas. Mauro dio gracias porque no tuvo que subir miles de escalones
de nuevo. A las cinco de la tarde resultaba imposible subir y bajar un peldaño
más. Se precipitó como un niño ansioso y llamó a la puerta con los nudillos. No
tuvo qué golpear por segunda vez. El vigilante sacó una llave maestra y abrió
el apartamento; estaba vacío. Según el
polvo acumulado, hacía meses nadie vivía allí. -No
puede ser... ¡debe haber un error...! Tiene qué existir otro bloque, otro
edificio con las mismas características... El
vigilante se encogió de hombros. Ya no podía hacer más. Habían
explorado a fondo el Complejo Habitacional La Riviera...
Regresaron
en silencio. Mauro les agradeció; los
vigilantes se diluyeron tras la cortina de pensamientos que cayó en el
ánimo teatral del guerrero que reconoció por fin su derrota. Caminó
despacio; ¿para qué apurarse? Gastó dos horas y a las siete conquistó la
estación convencido de que restar cuadras es mejor que sumarlas. “Los
conductores de la tarde son veloces” -se
dijo-; era la única alegría de su aventura. Se llevó la mano al bolsillo, pero
no encontró la moneda. Seguramente, de
tanto subir y bajar escaleras se le había escapado por un minúsculo roto del
pantalón que, o bien no había notado, o fue el producto de sus uñas ansiosas
durante la caminata. Mauro
restó cuadras toda la noche bajo un fuerte aguacero y llegó a su casa en la
madrugada. A pesar del cansancio, abrió el buzón por ver si había alguna oferta
de trabajo y se encontró con una nota de Lucio: “He
conseguido un buen trabajo y me gustaría que te emplearas también. Si sigues
atentamente las instrucciones, estarás
bien en poco tiempo. Entra a internet y marca
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Seguidamente, encontrarás una tabla de instrucciones: Manzana 20 Bloque
12, Edificio B, Apartamento interior 1, Puerta 3. Obsérvalas y escoge tu
opción. Te llamaré el fin de semana para ver cómo te ha ido. Suerte,
Lucio.”
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