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Cuentos, cuentos, cuentos.....

 

 

 

SIN PALABRAS

 

 

Por: Dulce maría Bautista[1]

“El que es sabio no responde con

palabras huecas ni se hincha con

razones que sólo son de viento.”

JOB

 

...Cuando sonó la sirena de La Academia, todos corrieron para ver qué pasaba; hasta entonces, la calle había estado desierta porque era fin de semana y sólo una luz tímida de láser, a manera de ronda, perturbaba la quietud de los pisos superiores del edificio. Los ruidos del ajetreo semanal reposaban en los rincones de la calle y en los pasillos del edificio de apartamentos ubicado justo al frente, apenas separado de La Academia por una avenida ancha de flechas luminosas.

 

Desde cualquier apartamento se veía La Academia, que era una edificación de concreto gris y vidrios ahumados en los tres primeros pisos; el resto era traslúcido, se diría que ostentaba brillantez. Algunas oficinas permanecían con las persianas a medio cerrar. Otras, simplemente, dejaban a la vista sus escritorios, archivadores, computadoras de pantallas gigantes y papeles perfectamente en paz porque la norma, allí, era el orden.

 

Entre semana, el bullicio les recordaba a los funcionarios que afuera de la edificación había vida; ellos se resignaban a percibirla como una ráfaga. Por el contrario, un ritual invariable de silencio, mesura y acartonamiento se repetía cotidianamente en las oficinas. Ningún extraño entraba en aquella especie de zigurat. La vida externa no afectaba a los funcionarios, pero a la gente de afuera sí le importaban –y mucho- los acontecimientos de La Academia.

 

En la madrugada del lunes se registró un movimiento inusual. Los habitantes de los apartamentos atravesaron la avenida y se agolparon ante las puertas del edificio. Los patrulleros decidieron acordonar el lugar para impedir el paso de los curiosos, mientras la sirena sonaba y sonaba sin que los guardias pudieran desactivar al vigilante virtual que disparaba su láser, descontrolado, en todas las direcciones. Después de una hora descubrieron un robo...

 

...El sótano era el lugar más gris de La Academia. A unos catorce grados de temperatura y bajo la vigilancia sepia de los bombillos de veinticinco vatios, reposaban ficheros ultra secretos en anaqueles metálicos que tocaban el techo y formaban hileras interminables de pasillos por donde apenas cabía una persona.

 

Ni la sala de juntas, con sus ochocientos años de impecable supervivencia, era tan importante como aquel sótano, porque allí reposaban en hibernación las palabras del idioma. Los ladrones escogieron el casillero más valioso; contenía vocablos para la negociación, secretamente puestos a prueba antes de incluirlos en el diccionario. Uno a uno, fueron estudiados en las sesiones secretas de La Academia, con el cuidado de no anexarlos a la base de datos hasta cuando los verbos, los sustantivos y los adjetivos de la serie hubieran pasado cada prueba con el rigor exigido por la tradición.

 

¡Ahora no estaban! El vigilante láser rondaba enloquecido por todos los pisos en busca del ladrón con su única arma, la lucecita roja que escudriñaba en los rincones ordenados de las oficinas y un sonoro toque de alarma que cesaría sólo cuando el Presidente de La Academia digitara una clave para desactivarlo.

 

No tardaron en llegar los periodistas; los noticieros peleaban por transmitir los eventos desde el lugar de la tragedia y aunque la policía continuaba luchando para impedirlo, cámaras, ojos, micrófonos, flashes, ganaban el territorio más sagrado del país, después del Palacio Presidencial.

 

Amaneció. El sol de invierno iluminó el edificio gris, pero el problema no estaba resuelto. Los académicos llegaron más temprano y aunque sesionaban por tradición los jueves, esta vez harían una excepción. Ninguno respondió a los periodistas. Treinta hombres, cada uno a cargo de una letra del alfabeto, (incluidas la Ch, la Ll y la Ñ), entraron en la sala de hace ochocientos años, digitaron la clave y se sentaron en la silla marcada con la letra a la cual representaban.

 

La única mujer de La Academia llegó de última. Ella no tenía una letra asignada; el trabajo con las letras era, por demás, asunto de hombres; aunque a ella le había parecido, a lo largo de sus veinticinco años de labores, que quienes mejor manejan las letras son las mujeres, nunca lo dijo. Temía ser tachada de feminista y, además, porque la rancia costumbre de respetar el papel masculino, literalmente, de la A a la Z, no daba pie a otra consideración.

 

La mujer tenía a cargo los puntos, comas, corchetes, abreviaturas, siglas, etc. Redactaba las definiciones en el diccionario y este trabajo era más dispendioso, honroso y determinante, a su parecer. Tal vez esa mañana pensó por última vez que el trabajo con letras era asunto de mujeres y sonrió, con casi sesenta años encima y una mueca de júbilo adolescente. Estaba a salvo. No tendría que gastar el resto de su vida atrapando palabras. Lo sabía. La intuición sí es de dominio femenino. Las palabras robadas no regresarían jamás, así la palabra jamás, sonara sumamente cruel...

 

Faltaba por llegar un miembro con quien la cifra daba treinta y dos. Era Eduardito, en confianza; para el resto de la humanidad, el Príncipe Eduardo. No se piense que el título nobiliario lo emparentaba con Borbones, ni mucho menos. Ni tampoco que Eduardito se sentara a presidir el consejo de académicos por su erudición. Este príncipe lo era, gracias a su capacidad de flotar, de enfocar a los miembros cuando cometían errores (omisiones, adiciones o cualquier defecto propio del abuso idiomático) Y de Eduardito no se salvaba la mujer, pese a su condición, respetada según el protocolo de hace ochocientos años. En conclusión, Eduardito era la luz y la justicia. Luz azul-violeta, ojo avizor y supremo sacerdote, el máximo exponente de la robótica, incorporado hacía medio siglo al quorum de académicos.

 

Tan pronto estuvieron cada cual frente a su diccionario, la voz de Eduardito informó con trémula solemnidad que el archivo de palabras más jóvenes había sido robado.

“Nos llevamos el casillero de la serie G-937 y no lo devolveremos a menos que acepten sesionar públicamente. No transaremos por dinero, ni canje de terroristas, ni por cualquiera otra oferta gubernamental. Esperaremos veinticuatro horas, después de las cuales destruiremos cada palabra en intervalos de una hora.”

 

Esa fue la grabación que los plagiarios consignaron en la memoria del príncipe Eduardo. Los académicos cruzaron miradas; luego, un leve murmullo, un seseo completamente masculino retumbó en el salón. La mujer ahogaba el llanto. Un par de lágrimas se camuflaban detrás de sus lentes.

 

Sonó el teléfono. Era el Presidente de la República. No negociaremos. Que se pierdan las palabras, ¡al diablo con ellas! No, no importa si son para negociar; total, esas no las inventó la gente, sino las inventaron ustedes; no, por nada del mundo se negociará. ¡Pues que las rompan! Las palabras rotas valen menos que las palabras secuestradas. Algún día querrán un canje. Les conviene. ¿Por qué van a romperlas ahora? ¿Qué ganan si las destruyen?

 

El príncipe Eduardo enfocó el rostro de cada académico. Deseaba asegurarlos. El mensaje del Presidente de la República era claro. Ninguno de los miembros de La Academia podía rechazar la orden. Cuando llegó a la mujer, Eduardito se detuvo; la cabeza agachada y el brillo de los lentes no eran normales. Le preguntó si discrepaba del Presidente. Ella dijo que como todavía no redactaba las definiciones para esas palabras, no objetaba la decisión presidencial. Pero había más. Un pensamiento que no se dejaba leer, se escondía bajo su cabeza inclinada.

 

La mujer sabía que las sesiones públicas acortarían la vida de las palabras. ¿A quién le importaba si los miembros deliberaban en torno a Z y C, L y Ll, M y Ñ? Debía tratarse de un asunto político; de lo contrario, ¿quién querría sacarlos de su hermetismo?

 

Levantaron un acta; Eduardito la grabó en su banco de memoria. No aceptarían ningún chantaje. Podían llevarse todas las palabras que quisieran. Era la mano firme de la tradición y punto. No se informó a los periodistas. A mediodía, los académicos abandonaron el edificio en silencio. Había sido un duro golpe a las palabras.

 

Acordonada, la edificación soportó el ruido continuo de los curiosos uno, dos, tres días, una semana, semana y media... se fueron, poco a poco. Los periodistas también se retiraron, derrotados. Eduardito, en cada sesión de los jueves, seguía registrando las muertes. Pasaron muchas horas desde cuando firmaron el acta sin que los malvados dejaran de sacrificar palabras. Sólo Eduardito las oía. Explotaban en su cerebro como bombas de alto y mediano poder.

 

Antes de cumplirse un mes, recibieron otra llamada de los plagiarios.

“Nos quedan cinco; ¿Van a dejarlas morir? Son cinco palabras para negociar con la guerrilla, los árabes, los gringos, los extraterrestres... son palabras poderosas, piénsenlo, esperaremos cuarenta y ocho horas antes de destruirlas”

 

La llamada del Presidente de la República no se hizo esperar. “¡Que las destruyan!”, Dijo. La mujer se levantó de la silla. “¿Por qué?” “A él qué le importa el esfuerzo de tantas personas por pulir esas palabras. Él no ha pasado horas pensando en su significado, ni para qué sirven, ni cómo se usan... A él sólo le importan las palabras corrientes y éstas, señores, ¡son palabras mágicas!”

 

El ojo de Eduardito se posó en ella. “¿Ha sido usted?”, preguntó.

“No, ¡Nada tengo qué ver con el secuestro de esas palabras! ¡Me inquieta saber quién estaría más interesado en que el público conociera el contenido real de nuestras sesiones! ¿El colega de la A, quizás, a quien todo lo que venga del árabe le sabe mal, pero muy mal? ¿O al colega de la F, siempre cuestionando las combinaciones FRA-FRO? ¿O tal vez al señor de la Ñ, pues cuando debe exponer las nuevas palabras se siente menos que los demás? ¿Se podría pensar en el representante de la W, quien se presume desconocido por nosotros en un delirio persecutorio antianglo que se le ha vuelto insoportable? ¿Debemos pensar en un complot de los dígrafos?”

 

Los académicos musitaban, seseaban, volvían a corregirse, se enderezaban en las sillas. “Claro que no –concluyó la mujer-, aquí ninguno de nosotros quiere hacer públicas las sesiones y tampoco quiere que destruyan a esas últimas cinco palabras. Al Presidente de la República no le importan las palabras, es verdad. Pero alguno más, aparte de él, las desprecia, las atropella y ha utilizado los más altos decretos de La Academia para chantajearnos. Uno de nosotros, si acaso el término nosotros incluye al robot Eduardito.”

 

La luz cambió de tono. Se oyeron los murmullos de las treinta voces masculinas.

“¿Yo?”, Preguntó el príncipe.

La mujer se sentó cabizbaja, llorosa. El académico de la Z propuso aplazar la sesión. Ellos no eran jueces de hombres sino de palabras. Acordaron reunirse al día siguiente, temprano, para hacerle una contrapropuesta al Presidente de la República.

 

Aquella noche sonó de nuevo la sirena de La Academia. En las narices de la policía se habían robado el último tomo del Diccionario de Dudas e Incorrecciones. Los delincuentes no habían salido del edificio. El vigilante virtual recorría los pasillos, recovecos, oficinas, ascensores... el sótano estaba revuelto. Los ficheros, fuera de lugar, y Eduardito, el pobre, reducido a un montón de cenizas, con un destello azul de ojo virtual que parecía decir: “¡Lo siento!”

 

fin

 

Este cuento lo he tomado del libro el oficio de restar, de Dulce María Bautista, donde usted puede encontrar alrededor de una decena de bellísimos cuentos, como este.

 

 

Este libro lo publica y distribuye Editorial Carrera 7ª, de Bogotá, DC.


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[1] Dulce María Bautista Luzardo nació en Pamplona, Colombia. Es Magíster en Literatura de la Universidad Javeriana. Ganadora del premio de cuento del INSTITUTO DE CULTURA Y TURISMO, 1997 y Finalista del Concurso PRENSA NUEVA de Ibagué, 1991.

Ha sido profesora de la Pontificia Universidad Javeriana, en la Facultad de Comunicación, en la Universidad de Pamplona, conferencista de la cátedra de Octavio Paz, el Seminario de Modernidad y Posmodernidad y ponente en el Congreso Internacional de Literatura y Semiótica en 2001, directora del Posgrado en Cultura y Arte Folk de la Universidad Santo Tomás de Bogotá, Directora del área Sociohumanística de la Facultad de Economía en la Universidad Católica de Colombia, catedrática de Promoción de la lectura en la Universidad de la Salle y de Semiología en Unitec.

 

Publicaciones: Una Camella Blanca en mi Jaima. (Cuento) Tercer Mundo Editores. Bogotá, 1998.

Fuera de Clase. Antología de cuentos. CEJA. Universidad Javeriana. 2001