Administración, proyectos y desarrollo comunitario

Capacitación, asesorías y consultorías  



* Artículos de opinión  

* Capacitación  

* Libros virtuales  

* TRM de Colombia  

* Noticias de Colombia  

* Planeación municipal  

* Presupuestos Municipales  

* Organización comunitaria  

* Economía solidaria  

* Manejo de cuencas  

* Gestión de proyectos  

* Liderazgo campesino  

* Clima en el mundo  

* Cuentos  

* Páginas amigas  

* Consiga empleo  

* Ayudante de tareas  

* Tablón de anuncios  

* Intercambio de banners  

* Frases célebres  

* Curiosidades  

* Entretenimiento  

* Clasificados  

* Compre libros  

* Publicidad  

* Cine análisis  


Cuentos, cuentos, cuentos, cuentos......

 

 

 

LA ÚLTIMA MUERTE

 

Por: Dulce maría Bautista[1]

 

“En un establo que está casi a la sombra de la

nueva iglesia de piedra, un hombre de ojos

grises y barba gris, tendido entre el olor de los

animales, humildemente busca la muerte como

quien busca un sueño.”

Borges. El testigo.

 

 

No es por otra cosa que por mi bien, que le pido su autorización para dejar morir, por última vez, a mi esposa. Aunque es difícil explicarlo en estos tiempos, intentaré hacerle comprender las bondades de mi propósito. Pareceré egoísta al presentarle mi petición, adobada como está de angustia, porque no es otra la circunstancia que me lleva a pedirle que en un acto poco ético y más bien compasivo, me deje sin ella, me libere del horrible peso de pasar una vez más, a solas, por el proceso de entrenarla en una nueva vida.

 

En mi favor diré que la vida, en mi época, era lo menos un don divino, una chispa misteriosa de la cual nos pegábamos para elucubrar toda clase de reflexiones filosóficas que, con el tiempo, se han venido a menos. Porque ahora, diga usted si no, la vida se volvió un negocio en donde cada cual programa a quién quiere y cómo lo quiere, con la esperanza de que ese ser que se programa en beneficio personal dure muchos, muchísimos años, como si se tratara de un artefacto, de un instrumento que viene con garantía de duración.

 

Pero si antes la vida era un misterio, me resulta difícil comprender cómo ahora ya no existe más esa mágica presencia ante la cual nos inclinábamos reverentes. Creímos en aquellos tiempos que la clonación era la solución a nuestros problemas y nos obnubilamos cuando en los noticiarios decían que tal o cual laboratorio experimentaba con ovejas y ratones, con hígados y otras vísceras y saltamos de dicha cuando, por primera vez, clonaron a un ser humano.

 

No está lejos ese día en que vi por la televisión el anuncio de un laboratorio que prometía clonar a cualquier persona, a cualquier edad; por esa época mi esposa tuvo la primera enfermedad. Treinta y dos años son pocos años y todavía no habíamos hecho una vida. Como estábamos recién casados, vi como última esperanza la clonación y, sin dudarlo, la llevé al laboratorio, después a la clínica y después, volví a tenerla en casa, aparentemente como antes.

 

He dicho aparentemente, porque al poco tiempo de su nacimiento, empecé a notar que mi esposa había olvidado algunas palabras, algunas funciones de los objetos en el espacio, algunas operaciones matemáticas. Pero eso no parecía importante de momento porque, estaba ahí, en cuerpo y alma y, como dijo el médico en ese momento, apenas se estaba realizando un proceso de experimentación, que tenía sus bemoles, sus falencias y que yo, como nuevo usuario del servicio, según había firmado en el papel, estaba a cargo de ayudar a recuperar la mente de mi esposa.

 

Fue un proceso lento. Demasiado para mi ansiedad, pero con tal de tenerla conmigo, con tal de que me reconociera y al menos fragmentariamente recordara nuestro pasado, valía la pena. Pero yo sabía que el ADN es un misterio y que no es fácil transferirlo totalmente en una clonación. Es caprichoso, eso lo he pensado y el médico ha sonreído en varias ocasiones cuando vuelvo a preguntarle por qué antes pasaba esto y ahora no pasó o por qué ahora pasa lo otro que antes no pasaba y en fin, usted me entiende, ¿no es cierto?

 

Si hubiera sido tan sólo una clonación, pero se me ocurrió que si mi esposa amenazaba otra vez con morir, a cuenta y riesgo propio reiniciaría el proceso y por eso firmé un contrato por varias clonaciones, en términos latos, por varias vidas.

 

En la segunda clonación, me di cuenta de que mi mujer venía con otras fallas. Por alguna razón que desconozco, mejor será culpar al ADN, ella confundía las palabras del español con las de otros idiomas de manera tal que, poco a poco, nuestra comunicación se fue haciendo cada vez más imposible. No soy políglota, a duras penas hablo inglés y eso porque en mi trabajo lo necesito, pero no me gustan los idiomas y ese aspecto lo admiré mucho de mi esposa quien sí es políglota, pero también se lo recriminé porque muchas veces, en la intimidad, se le escaparon palabras en árabe, chino mandarín, francés y esto, sinceramente me daba rabia, mucha rabia.

 

Le pedí que no lo hiciera, que me hablara en español, bueno, hasta en inglés y en su primera vida lo corrigió, pero ya en la tercera no era un asunto de su voluntad sino de su cerebro que le jugaba continuamente malas pasadas. Incluso, ya no se trataba de una confusión para la intimidad sino para cotidianeidad. Así me resigné a disfrutar de nuestros encuentros como ella quisiera ser, como quisiera hablar y hasta le sugería el silencio para no confundirme pues, créame, mi aversión a los idiomas es casi una enfermedad. Pienso que si se puede catalogar de fobia, la padezco.

Ella fue comprensiva, condescendiente, pero llegó al mutismo; ya no conversaba, no preguntaba y mucho menos respondía, temerosa de que alguna palabra extranjera rompiese nuestra comunicación y así, terminamos incomunicados hasta cuando enfermó de nuevo.

 

Después vino la cuarta clonación. Entonces sí que agravaron los problemas. Mi bella esposa que continuaba siendo joven, esbelta, deseable y todo lo demás, olvidó completamente las funciones de los objetos. Yo la tenía en casa, encerrada, digo ahora, en ese entonces pensaba que protegida, para que los demás no vieran que, a pesar de seguir siendo ella era, en realidad, otra persona.

 

Al llegar del trabajo la encontraba aspirando con la licuadora, intentando echar las verduras en el cubo de la podadora o preparando un arroz con tierra del jardín. Seguí con el proceso que los médicos me indicaron, porque debo decirle que, para ese momento, ya había un equipo de médicos enteramente a su disposición. La envié un tiempo a terapias, las cuales consistían en convivir con algunos miembros del equipo y los terapistas que se encargaban en reentrenarla para que aprendiera las funciones de los objetos, las palabras del idioma y los comportamientos que había dejado en su última muerte, terminaron por declararse incapaces. Me la devolvieron con la esperanza de que tal vez, un día, ella reaprendiera su vida pasada.

 

Compré una parcela cerca de la ciudad y la llevé allí. Aunque tenía qué correr más para llegar a la oficina y, por supuesto, levantarme más temprano, verdaderamente valía la pena si se trataba de recuperar a mi esposa. Pero su aprendizaje era rápido en un sentido incomprensible para mí. En poco tiempo, encontré a mi esposa maullando como gata, mugiendo como vaca y saltando como cabra. Claro, había aprendido rápidamente los movimientos y sonidos de los animales y pienso que, su disposición para los idiomas le facilitó la imitación de sus sonidos. La enfermera que la cuidaba, me recomendó internarla en un hospital psiquiátrico.

 

Con mucho pesar lo hice. Pero para sorpresa mía, a los dos meses mi esposa se sabía de memoria todas las patologías de los enfermos, sus jeringonzas, hasta imitaba tan bien los ruidos del hospital, que parecía la más loca de todos. La volví a llevar conmigo y empecé a reeducarla. Aprendió algunas cosas, muy pocas diría yo, pero así pude soportarla pese a la angustia que me producía, diariamente, llegar a casa.

 

En la quinta clonación, mi esposa no volvió a hablar. Parecía saberlo todo, desarrollaba bien sus rutinas y entendía mis instrucciones, aprendió a hacer el amor muy rápido y pese a su silencio, pasamos unos meses maravillosos. Algunos de mis amigos elogiaban el hecho de que la mujer no hablara, porque así garantizaba un matrimonio feliz. Pero yo no atendía sus comentarios. Me dolía no escucharla, no poder compartir con ella mis proyectos de trabajo, ahora que las cosas mejoraban para la compañía. Si quería saber si ella estaba de acuerdo me tocada contarle todo, darle opciones, mirar sus ojos que se iluminaban cuando quería decir sí.

 

Todo habría resultado llevadero si no fuera por los últimos acontecimientos. Mi esposa se queja de dolores inexistentes. Una especie de hipocondría, ¿me comprende? Ella cree que cuantos la rodeamos, debemos actuar como si viviéramos en una sala de emergencia. Siempre hay que hacer ese simulacro o, de lo contrario, ella se enfurece, se transforman sus bellas facciones de muñeca Barbie y empieza a morder y a patear, a rasguñar y a gritar como si estuviera en un trance. La primera vez que me ocurrió un incidente de estos, yo estaba en el despacho con uno de mis amigos y tomábamos un trago. De repente, la escuché gritar y la encontré en la sala, revolcándose como si estuviera epiléptica.

 

Mi amigo se preocupó muchísimo y me llevó de urgencia al hospital, pero cuando llegó estaba sonriente como si no le hubiera pasado nada. Me asusté mucho, créame; puedo soportar cualquier clase de enfermedad menos la locura, así sea de un tipo benigno. Ni la epilepsia la tolero. Todo lo que me traiga a la mente la imagen de un cerebro funcionando mal, se me hace, simplemente, intolerable.

 

Así han pasado varios meses. A mi esposa le diagnosticaron recientemente un virus que, según los médicos, es mortal. ¡Menos mal! Porque había pensado en pagar un sicario para que me hiciera el favor de desaparecerla. No importa si la mata, de todas formas si los médicos la encuentran, la clonarán de nuevo y de verdad no me siento capaz de soportar una nueva mutación. Yo ya estoy viejo y lo único que quiero es descansar y verla a ella en una tumba en donde pueda ir a visitarla los domingos y los días de aniversario.

 

Gracias al contrato que firmé, ellos la clonarán diez veces. ¿Se imagina usted que haré yo a los setenta años con una mujer de treinta y dos? Ella seguirá siendo bella y yo me volveré loco. La vida es un negocio, ya lo sabe usted. Por eso los matones a sueldo terminaron por quebrar; pero no sabe usted cuánto le pagaría yo a uno de ellos porque se llevara a mi mujer, porque la desapareciera o, en su defecto, le procurara una muerte bella o la dejara morir de la enfermedad que sufre.

 

¿Le parece egoísta? Está en todo su derecho de opinar. Sin embargo, póngase en mi lugar y piense que ya mi esposa no aprende sino los vicios de la humanidad. No, no es que yo sea dramático; me parece que el experimento falló en contra mía y ahora no puedo seguir sosteniendo esta situación. No hay posibilidad de demandar el contrato, ni de que otro se encargue de ella pues, en su situación, cualquier candidato, seducido por su belleza, quedará desilusionado al punto en cuanto se entere de la verdad.

 

Como le he dicho, no se trata de un acto ético sino de humana compasión. ¿Qué le puedo ofrecer? Mi gratitud, solamente, porque si le dijera que le pagaré con dinero, esto no sería suficiente para compensar su generosidad. Parece que la gratitud todavía no es clonable, más bien diría que escasea. Sin embargo, si lo que usted me pide es dinero, se lo daré, el que quiera, todo el que tengo, más mis propiedades y las acciones de la Compañía Energética; con eso estará libre de trabajar y se podrá dedicar a lo que más le guste. A viajar, por ejemplo. ¿Qué le parece un viaje real, de esos tan costosos hoy día? No tendrá que tomar las vacaciones en un aula de Internet sino lo hará, directamente, en un pedazo de mar de los pocos que todavía quedan en América del Sur. Es una buena propuesta. Pero además, se llevará usted por esta vida y, quién sabe, tal vez por otras más, la satisfacción de haber servido al pobre y desesperado marido de una mujer-clon. ¿Qué dice?

fin

 

Este pertenece al libro el oficio de restar, de Dulce María Bautista, donde usted puede encontrar alrededor de una decena de bellísimos cuentos, como este.

 

 

Dicho libro lo publica y distribuye Editorial Carrera 7ª, de Bogotá.


Patrocinadores  






Cómo pautar aquí  


Copyright© 2003, Armando Malebranch Eraso D.


59


[1] Dulce María Bautista Luzardo nació en Pamplona, Colombia. Es Magíster en Literatura de la Universidad Javeriana. Ganadora del premio de cuento del INSTITUTO DE CULTURA Y TURISMO, 1997 y Finalista del Concurso PRENSA NUEVA de Ibagué, 1991.

Ha sido profesora de la Pontificia Universidad Javeriana, en la Facultad de Comunicación, en la Universidad de Pamplona, conferencista de la cátedra de Octavio Paz, el Seminario de Modernidad y Posmodernidad y ponente en el Congreso Internacional de Literatura y Semiótica en 2001, directora del Posgrado en Cultura y Arte Folk de la Universidad Santo Tomás de Bogotá, Directora del área Sociohumanística de la Facultad de Economía en la Universidad Católica de Colombia, catedrática de Promoción de la lectura en la Universidad de la Salle y de Semiología en Unitec.

 

Publicaciones: Una Camella Blanca en mi Jaima. (Cuento) Tercer Mundo Editores. Bogotá, 1998.

Fuera de Clase. Antología de cuentos. CEJA. Universidad Javeriana. 2001