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LA ÚLTIMA MUERTE Por: Dulce maría
Bautista[1]
“En
un establo que está casi a la sombra de la
grises y barba gris, tendido entre el olor de
los animales,
humildemente busca la muerte como
quien busca un sueño.”
Borges. El testigo. No es por otra cosa
que por mi
bien, que le pido su autorización para dejar morir, por última vez, a mi
esposa. Aunque es difícil explicarlo en estos tiempos, intentaré hacerle
comprender las bondades de mi propósito. Pareceré egoísta al presentarle mi
petición, adobada como está de angustia, porque no es otra la circunstancia que
me lleva a pedirle que en un acto poco ético y más bien compasivo, me deje sin
ella, me libere del horrible peso de pasar una vez más, a solas, por el proceso
de entrenarla en una nueva vida. En mi favor diré
que la vida, en mi época, era lo menos un don divino, una chispa misteriosa de
la cual nos pegábamos para elucubrar toda clase de reflexiones filosóficas que,
con el tiempo, se han venido a menos. Porque ahora, diga usted si no, la vida
se volvió un negocio en donde cada cual programa a quién quiere y cómo lo
quiere, con la esperanza de que ese ser que se programa en beneficio
personal dure muchos, muchísimos años, como si se tratara de un artefacto, de
un instrumento que viene con garantía de duración. Pero si antes la
vida era un misterio, me resulta difícil comprender cómo ahora ya no existe más
esa mágica presencia ante la cual nos inclinábamos reverentes. Creímos en
aquellos tiempos que la clonación era la solución a nuestros problemas y nos
obnubilamos cuando en los noticiarios decían que tal o cual laboratorio experimentaba con ovejas y ratones, con hígados y otras
vísceras y saltamos de dicha cuando, por primera vez, clonaron a un ser humano. No está lejos ese
día en que vi por la televisión el anuncio de un
laboratorio que prometía clonar a cualquier persona, a cualquier edad; por esa
época mi esposa tuvo la primera enfermedad. Treinta y dos años son pocos años y
todavía no habíamos hecho una vida. Como estábamos recién casados, vi como última esperanza la clonación y, sin dudarlo, la
llevé al laboratorio, después a la clínica y después, volví a tenerla en casa,
aparentemente como antes. He dicho
aparentemente, porque al poco tiempo de
su nacimiento, empecé a notar que mi esposa había olvidado algunas palabras,
algunas funciones de los objetos en el espacio, algunas operaciones
matemáticas. Pero eso no parecía importante de momento porque, estaba ahí, en
cuerpo y alma y, como dijo el médico en ese momento, apenas se estaba
realizando un proceso de experimentación,
que tenía sus bemoles, sus falencias y que yo, como nuevo usuario del
servicio, según había firmado en el papel, estaba a cargo de ayudar a recuperar
la mente de mi esposa. Fue un proceso
lento. Demasiado para mi ansiedad, pero con tal de tenerla conmigo, con tal de
que me reconociera y al menos fragmentariamente recordara nuestro pasado, valía
la pena. Pero yo sabía que el ADN es un misterio y que no es fácil transferirlo
totalmente en una clonación. Es caprichoso, eso lo he pensado y el médico ha
sonreído en varias ocasiones cuando vuelvo a preguntarle por qué antes pasaba
esto y ahora no pasó o por qué ahora pasa lo otro que antes no pasaba y en fin,
usted me entiende, ¿no es cierto? Si hubiera sido tan
sólo una clonación, pero se me ocurrió que si mi esposa amenazaba otra vez con
morir, a cuenta y riesgo propio reiniciaría el proceso y por eso firmé un
contrato por varias clonaciones, en términos latos, por varias vidas. En la segunda
clonación, me di cuenta de que mi mujer venía con otras fallas. Por alguna
razón que desconozco, mejor será culpar al ADN, ella confundía las palabras del
español con las de otros idiomas de manera tal que, poco a poco, nuestra comunicación se fue haciendo
cada vez más imposible. No soy políglota, a duras penas hablo inglés y eso
porque en mi trabajo lo necesito, pero no me gustan los idiomas y ese aspecto
lo admiré mucho de mi esposa quien sí es políglota, pero también se lo
recriminé porque muchas veces, en la intimidad, se le escaparon palabras en
árabe, chino mandarín, francés y esto, sinceramente me daba rabia, mucha rabia. Le pedí que no lo
hiciera, que me hablara en español, bueno, hasta en inglés y en su primera vida
lo corrigió, pero ya en la tercera no era un asunto de su voluntad sino de su
cerebro que le jugaba continuamente malas pasadas. Incluso, ya no se trataba de
una confusión para la intimidad sino para cotidianeidad. Así me resigné a
disfrutar de nuestros encuentros como ella quisiera ser, como quisiera hablar y
hasta le sugería el silencio para no confundirme pues, créame, mi aversión a
los idiomas es casi una enfermedad. Pienso que si se puede catalogar de fobia,
la padezco. Ella fue
comprensiva, condescendiente, pero llegó al mutismo; ya no conversaba, no
preguntaba y mucho menos respondía, temerosa de que alguna palabra extranjera
rompiese nuestra comunicación y así, terminamos incomunicados hasta cuando
enfermó de nuevo. Después vino la
cuarta clonación. Entonces sí que agravaron los problemas. Mi bella esposa que
continuaba siendo joven, esbelta, deseable y todo lo demás, olvidó
completamente las funciones de los objetos. Yo la tenía en casa, encerrada,
digo ahora, en ese entonces pensaba que protegida, para que los demás no vieran
que, a pesar de seguir siendo ella era, en realidad, otra persona. Al llegar del
trabajo la encontraba aspirando con la licuadora, intentando echar las verduras
en el cubo de la podadora o preparando un arroz con tierra del jardín. Seguí
con el proceso que los médicos me indicaron, porque debo decirle que, para ese
momento, ya había un equipo de médicos enteramente a su disposición. La envié
un tiempo a terapias, las cuales consistían en convivir con algunos miembros
del equipo y los terapistas que se encargaban en reentrenarla para que aprendiera las funciones de los
objetos, las palabras del idioma y los comportamientos que había dejado en su
última muerte, terminaron por declararse incapaces. Me la devolvieron con la
esperanza de que tal vez, un día, ella reaprendiera su vida pasada. Compré una parcela
cerca de la ciudad y la llevé allí. Aunque tenía qué correr más para llegar a
la oficina y, por supuesto, levantarme más temprano, verdaderamente valía la
pena si se trataba de recuperar a mi esposa. Pero su aprendizaje era rápido en
un sentido incomprensible para mí. En poco tiempo, encontré a mi esposa
maullando como gata, mugiendo como vaca y saltando como cabra. Claro, había
aprendido rápidamente los movimientos y sonidos de los animales y pienso que,
su disposición para los idiomas le facilitó la imitación de sus sonidos. La
enfermera que la cuidaba, me recomendó internarla en un hospital psiquiátrico. Con mucho pesar lo
hice. Pero para sorpresa mía, a los dos meses mi esposa se sabía de memoria
todas las patologías de los enfermos, sus jeringonzas, hasta imitaba tan bien
los ruidos del hospital, que parecía la más loca de todos. La volví a llevar
conmigo y empecé a reeducarla. Aprendió algunas cosas, muy pocas diría yo, pero
así pude soportarla pese a la angustia que me producía, diariamente, llegar a
casa. En la quinta
clonación, mi esposa no volvió a hablar. Parecía saberlo todo, desarrollaba
bien sus rutinas y entendía mis instrucciones, aprendió a hacer el amor muy
rápido y pese a su silencio, pasamos
unos meses maravillosos. Algunos de mis amigos elogiaban el hecho de que la
mujer no hablara, porque así garantizaba un matrimonio feliz. Pero yo no
atendía sus comentarios. Me dolía no escucharla, no poder compartir con ella
mis proyectos de trabajo, ahora que las cosas mejoraban para la compañía. Si
quería saber si ella estaba de acuerdo me tocada contarle todo, darle opciones,
mirar sus ojos que se iluminaban cuando quería decir sí. Todo habría
resultado llevadero si no fuera por los últimos acontecimientos. Mi esposa se
queja de dolores inexistentes. Una especie de hipocondría, ¿me comprende? Ella
cree que cuantos la rodeamos, debemos actuar
como si viviéramos en una sala de
emergencia. Siempre hay que hacer ese simulacro o, de lo contrario, ella se
enfurece, se transforman sus bellas facciones de muñeca Barbie
y empieza a morder y a patear, a rasguñar y a gritar como si estuviera en un
trance. La primera vez que me ocurrió un incidente de estos, yo estaba en el despacho con uno de mis
amigos y tomábamos un trago. De repente, la escuché gritar y la encontré en la
sala, revolcándose como si estuviera epiléptica. Mi amigo se
preocupó muchísimo y me llevó de urgencia al hospital, pero cuando llegó estaba
sonriente como si no le hubiera pasado nada. Me asusté mucho, créame; puedo
soportar cualquier clase de enfermedad menos la locura, así sea de un tipo
benigno. Ni la epilepsia la tolero. Todo lo que me traiga a la mente la imagen
de un cerebro funcionando mal, se me hace, simplemente, intolerable. Así han pasado
varios meses. A mi esposa le diagnosticaron recientemente un virus que, según
los médicos, es mortal. ¡Menos mal! Porque había pensado en pagar un sicario
para que me hiciera el favor de desaparecerla. No importa si la mata, de todas
formas si los médicos la encuentran, la
clonarán de nuevo y de verdad no me siento capaz de soportar una nueva
mutación. Yo ya estoy viejo y lo único que quiero es descansar y verla a ella
en una tumba en donde pueda ir a visitarla los domingos y los días de
aniversario. Gracias al contrato
que firmé, ellos la clonarán diez veces. ¿Se imagina usted que haré yo a los
setenta años con una mujer de treinta y dos?
Ella seguirá siendo bella y yo me volveré loco. La vida es un negocio,
ya lo sabe usted. Por eso los matones a sueldo terminaron por quebrar; pero no sabe usted cuánto le pagaría yo a uno
de ellos porque se llevara a mi mujer, porque la desapareciera o, en su
defecto, le procurara una muerte bella o la dejara morir de la enfermedad que
sufre. ¿Le parece egoísta?
Está en todo su derecho de opinar. Sin embargo, póngase en mi lugar y piense
que ya mi esposa no aprende sino los vicios de la humanidad. No, no es que yo
sea dramático; me parece que el experimento falló en contra mía y ahora no
puedo seguir sosteniendo esta situación. No hay posibilidad de demandar el
contrato, ni de que otro se encargue de ella pues, en su situación, cualquier
candidato, seducido por su belleza, quedará desilusionado al punto en cuanto se
entere de la verdad. Como le he dicho,
no se trata de un acto ético sino de humana compasión. ¿Qué le puedo ofrecer?
Mi gratitud, solamente, porque si le dijera que le pagaré con dinero, esto no
sería suficiente para compensar su generosidad. Parece que la gratitud todavía
no es clonable, más bien diría que escasea. Sin
embargo, si lo que usted me pide es dinero, se lo daré, el que quiera, todo el
que tengo, más mis propiedades y las acciones de la Compañía Energética; con eso estará libre
de trabajar y se podrá dedicar a lo que más le guste. A viajar, por ejemplo.
¿Qué le parece un viaje real, de esos tan costosos hoy día?
No tendrá que tomar las vacaciones en un aula de Internet sino lo hará,
directamente, en un pedazo de mar de los pocos que todavía quedan en América
del Sur. Es una buena propuesta. Pero además, se llevará usted por esta vida y,
quién sabe, tal vez por otras más, la
satisfacción de haber servido al pobre y
desesperado marido de una mujer-clon. ¿Qué dice? fin Este pertenece al libro el oficio de restar, de
Dulce María Bautista, donde usted puede encontrar alrededor de una decena de bellísimos cuentos, como este.
Dicho libro lo publica y distribuye Editorial
Carrera 7ª, de Bogotá.
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Copyright© 2003,
Armando Malebranch Eraso
D.
[1] Dulce María Bautista Luzardo
nació en Pamplona, Colombia. Es Magíster en Literatura de la Universidad Javeriana. Ganadora del premio de cuento del INSTITUTO DE
CULTURA Y TURISMO, 1997 y Finalista del Concurso PRENSA NUEVA de Ibagué, 1991.
Ha
sido profesora de la Pontificia Universidad Javeriana,
en la Facultad de Comunicación, en la Universidad de Pamplona, conferencista de
la cátedra de Octavio Paz, el Seminario de Modernidad y Posmodernidad
y ponente en el Congreso Internacional de Literatura y Semiótica en 2001,
directora del Posgrado en Cultura y Arte Folk de la Universidad Santo Tomás de Bogotá, Directora del
área Sociohumanística de la Facultad de Economía en
la Universidad Católica de Colombia, catedrática de Promoción de la lectura en la Universidad de la Salle y
de Semiología en Unitec.
Publicaciones:
Una Camella Blanca en mi Jaima. (Cuento) Tercer Mundo
Editores. Bogotá, 1998.
Fuera
de Clase. Antología de cuentos. CEJA. Universidad Javeriana.
2001