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EL JUSTO PRECIO
Por: Dulce maría Bautista[1]
Todo empezó cuando a los miembros de la
Sociedad de Amigos del Arte les dio por declarar patrimonio histórico la casa
de mi tío Sacristán. Claro, el pobre tío
no conoció el destino final de la casa en donde había sido tan feliz y había
hecho, literalmente, cuanto le venía en gana. Peor se habría puesto, al
enterarse de que la famosa Sociedad de Amigos del Arte decidió por unanimidad empotrar allí
los libros de la biblioteca municipal y llamarla Biblioteca Sacristán Toro.
Desde entonces, para no incomodar ni a los visitantes, ni a los lectores, la abuela se trasladó con
la familia a una casa más cómoda. Ahí habría terminado la historia, si la gente de mil novecientos
cuarenta, especialmente los miembros de la Sociedad de Amigos del Arte, no
hubiera dicho que el tío Sacristán fue un iluminado, alguien merecedor de
emulaciones, incluso de una cátedra en la escuela del pueblo y, lo que es más,
que lo hicieran digno de un recordatorio en los manuales de urbanidad. Quienes no lo
conocieron y llegaban al museo-biblioteca, quedaban estupefactos ante las
placas metálicas que conmemoraban su paso por esta tierra. Se diría que era
imposible que un ángel de semejantes dimensiones hubiera vivido en el siglo
veinte, más que por los milagros de la reencarnación. Ellos tuvieron
la culpa de que el último de nuestros tíos, heredero suyo y llamado también
Sacristán, se volviera una pesadilla.
Porque el primer tío Sacristán era todo un santo de los cuarenta que nadie
querría imitar a fines de los noventa. Todos nos preparábamos para el comienzo
de siglo, absortos en la red y sus maravillas, en la clonación y los teléfonos
portátiles, en el sexo virtual y los divertimentos esotéricos y ya nadie parecía
recordar que, aún en ruinas, existía la
casona aquella con el nombre de Biblioteca Municipal Sacristán Toro. A excepción de
mi madre, a ninguno interesaba si el nombre Sacristán salió de la sacristía del
pueblo o de la devoción de la bisabuela o de los antepasados españoles que se
preciaban del cargo de sacristanes en la colonia. Nadie recordaba que el
tío robaba vino y lo alargaba con agua y que después lo
vendía en otros pueblos o que falsificaba obras de literatura y agregaba cruentos capítulos o frases
prohibidas adobadas con uno que otro garabato que las hacía parecer
extraordinariamente secretas, para luego
venderlas a los hombres de fe que eran sus más asiduos clientes. Todas
las maravillas del tío viejo estaban guardadas en biografías únicas, escritas
por profesores aspirantes a sumar puntos al escalafón o compiladas por
historiadores e intelectuales de la Academia y el Ministerio de Cultura. De
esta suerte, se fueron tejiendo tantas y tan intricadas historias, que mejor
resolvimos olvidar al famoso tío cuando empezó la década del ochenta. La única
que hablaba de él era mi madre, pero no para alabarlo, sino para decir que por
su culpa, el tío Sacristán de las postrimerías del siglo XX, es decir, el tío
Sacristán de 1999, estaba loco. Y le dolió pedirnos que le ayudáramos a
resolver el problema. Para la gente
del cuarenta, no era importante que alguien delirase todo el día con visiones
de santas y de beatos, ni que se encerrara durante meses a escuchar la misma
música, ni que robara vino y falsificara novelas. Para esa gente, las personas
como tío Sacristán eran, lo menos, héroes,
y celebraban cada una de sus pilatunas como verdaderos actos de valor,
como auténticas formas de ser. Y es que el tío Sacristán del cuarenta era un
pícaro, pero a nadie se le habría ocurrido que sus buenos modales con las damas
y su palabrería con los hombres del pueblo fueran también los síntomas de su
locura. Al contrario, creían que de
veras se había educado en París y que los idiomas que hablaba venían de los confines.
En cambio el
tío Sacristán de 1999, conocedor y discípulo de su antecesor, no aspiraba a
tanta perfección. Con unos pocos visos de ella,
logró poner a la familia en problemas. Mi madre nos decía que hacía ocho
años venía empeorando. Le contestábamos que ocho años era tiempo suficiente
para declararlo loco. El tío
Sacristán de 1999 era comerciante. Vendía maletas y todos creíamos que tenía
algunos ahorros. Pensábamos que, con el tiempo, compraría una casa, tendría
hijos y hasta envejecería en compañía de su mujer. Joven todavía, ocurrió que
una noche, mientras arreglaba las maletas para la venta, escuchó el sonido leve
del viento que pegaba en el contramarco de la ventana. Suspendió lo que estaba
haciendo y se quedó un rato escuchando; la ventana estaba mal cerrada. Recordó
las historias de fantasmas que le contaba la abuela. Tío puso un disco e
intentó tranquilizarse. Como sabía que
ese miedo no iba a dejarlo, poco a poco trasladó los discos de la casa de la
abuela a su vivienda. Escuchaba a Gardel; después se aficionó por las
milongas; siguió con Toña La Negra
y terminó con Libertad Lamarque. Cuando su radiola no soportó más los discos
de 78 revoluciones, tío sintió que había llegado el tiempo de modernizarse. Se
compró un modesto tocadiscos y empezó a escuchar las maravillosas creaciones de
33 y 45 revoluciones. Vino el Twist,
Alberto Vázquez, Antonio Prieto, Los Hemanos
Arriagada, El trío de los Panchos... El tío estaba
feliz. Se reunía con amigos en noches de bohemia y premiaba con una botella de
vino a quien más conociera de los cantantes de la época. Las reseñas “biodiscográficas” eran verdaderas investigaciones. Pero
había qué trabajar. Los amigos de tío estaban muy ocupados y él, durante el
día, los incomodaba con transcripciones de partituras, células rítmicas,
compases de versiones que diferenciaban los tangos uruguayos de los
argentinos, recortes de periódico con
las noticias de la farándula; y así ocurrió que se fue quedando sin amigos y
sin tertulia, gracias a la intensidad de su carácter. Sobrevino la
primera de varias crisis. Encerrado durante días, con las cortinas cerradas en
estado de abandono, apenas dejaba entrar a mi madre para que hiciera la
limpieza. Entonces ella nos propuso
ayudarlo. Organizamos
una especie de “feria del disco”. Una
vieja amiga de tío nos regaló algunos “compactos” que trajo de Francia. Cada
amigo aportó suficiente material. Compramos un modesto mini componente y se lo
llevamos, pero ni siquiera lo miró. Discos y equipo permanecieron largos meses
en el mismo lugar, empacados. Decidido a
vender las maletas que le quedaban, me visitó y le dije que con seguridad los
futbolistas y las agencias de viajes las comprarían. Intentó pedirme que lo
ayudara con las ventas, pero rechacé su insinuación. Tío se deprimió mucho y
anduvo errante algún tiempo hasta que lo detuvieron en una estación de policía.
Allá fuimos a rescatarlo. Durante sus recorridos, este Sacristán hablaba solo;
la gente se paraba a escuchar sus lastimeros monólogos. Finalmente, dijo que
las voces le respondían y lo atormentaban con reclamos. En su
convalecencia, volvió a escuchar música. Le instalamos su equipo de sonido y,
durante meses, disfrutó a Therion, Lambarena, el último concierto de Metallica,
Azúcar Moreno, The Cranberries,
Pixies, Gorrillaz, y
hasta la colección de Bosa que me esmeré en
comprarle. Eso sí, nada de música culta; él la detestaba y esa fue la única
condición que pusimos a los amigos que nos colaboraron en la colecta musical. Tío Sacristán
de 1999 estaba transportado y podría decirse que había alcanzado su nirvana de
no ser porque las voces que escuchaba, aumentaron con el paso de los días y se
hicieron tan fuertes, que taparon los compases de la variedad discográfica que
recién estrenaba. Entonces fue cuando mi madre dijo que no podía más, que tío
estaba loco y que había recibido una notificación de la policía, para que se lo
llevaran a un manicomio porque incomodaba a los
vecinos. En un último
intento, llevamos la biografía de Sacristán Toro, el tío de 1940 y exploramos
los datos compilados por los
historiadores y los extensos artículos de la Sociedad de Amigos del Arte, pero
no encontramos síntomas relacionados con
el padecimiento del tío Sacristán de 1999. Ahora, las voces que sólo le
pertenecían a él, se apoderaron de esta casa. Ninguno puede escuchar su música
tranquilamente porque, de pronto, chilla un niño desconocido, protesta un
prisionero en otro idioma, canta la mujer de un faraón... Pero lo que definitivamente no podemos tolerar,
son las voces de mando del viejo Hitler, que se
cuelan siempre después de medianoche. Hemos empacado
los haberes de tío Sacristán como parte de la donación que haremos al Instituto
Nacional para Enfermos Mentales. Estamos por resolver cuándo lo llevaremos. En
silencio, todos atinamos a reconocer que
la culpa la tienen los del cuarenta. ¡Ellos armaron todo este lío! ¿No le
parece? fin Este pertenece
al libro el oficio de restar, de Dulce María Bautista, donde usted puede
encontrar alrededor de una decena de bellísimos
cuentos, como este.
Dicho libro lo
publica y distribuye Editorial Carrera 7ª, de Bogotá, DC.
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Copyright© 2003,
Armando Malebranch Eraso
D.
[1] Dulce María Bautista Luzardo
nació en Pamplona, Colombia. Es Magíster en Literatura de la Universidad Javeriana. Ganadora del premio de cuento del INSTITUTO DE
CULTURA Y TURISMO, 1997 y Finalista del Concurso PRENSA NUEVA de Ibagué, 1991.
Ha
sido profesora de la Pontificia Universidad Javeriana,
en la Facultad de Comunicación, en la Universidad de Pamplona, conferencista de
la cátedra de Octavio Paz, el Seminario de Modernidad y Posmodernidad
y ponente en el Congreso Internacional de Literatura y Semiótica en 2001,
directora del Posgrado en Cultura y Arte Folk de la Universidad Santo Tomás de Bogotá, Directora del
área Sociohumanística de la Facultad de Economía en
la Universidad Católica de Colombia, catedrática de Promoción de la lectura en la Universidad de la Salle y
de Semiología en Unitec.
Publicaciones:
Una Camella Blanca en mi Jaima. (Cuento) Tercer Mundo
Editores. Bogotá, 1998.
Fuera
de Clase. Antología de cuentos. CEJA. Universidad Javeriana.
2001