
EL HOMBRE DE LA RED
Por: Dulce Mª Bautista
¡Lo
atrapamos!, –dijo el policía al otro lado de la línea y el Inspector respiró
aliviado. Todos sabían que El Hombre de la Red no podía seguir cometiendo sus
crímenes.
Un año antes, cuando empezaron a aparecer correos electrónicos con
un ícono en forma de telaraña, el Inspector dijo que
se trataba de un psicópata. Una de las características de los asesinos de esta
clase es su selectividad.
El Hombre de la Red, como lo llamaron
desde el comienzo, tenía un perfil claro. Asesinaba hombres entre los 20 y los
40 años, todos internautas y que hubieran visitado la
página de la actriz Bárbra Luvia,
la famosa estrella de la película “Más allá de la realidad”, ganadora de varios
premios a la mejor actriz en diversos países.
La persecución de las víctimas empezó en
internet. Primero, extraños mensajes firmados por el
entonces hacker conocido como El Hombre de la Red,
eran simplemente amenazas del siguiente
tenor:
“Si usted. es
fanático de Bárbra Luvia,
está condenado a morir”
“Si se ha enamorado de Bárbra Luvia, ella lo borrará de
su vista”
Al finalizar cada mensaje, había una
telaraña con una araña gigantesca balanceándose en su reino.
En principio, ninguno prestó atención a los mensajes hasta cuando
se convirtieron en verdaderos virus que acabaron con discos duros, series de
computadores de las empresas y hasta hicieron colapsar el Sistema Internacional.
Fue entonces cuando las autoridades de
diversos países detectaron que desde aquí salían los mensajes, pero nadie podía
ubicar el sitio de internet de dónde venía la
información. Habría dado tiempo a que otros hackers
lo hallaran y le dieran su merecido, si no hubiera sido porque cuando todos
estaban tras él, el hacker cambió de táctica y se
convirtió en asesino.
Uno a uno, los admiradores de la actriz
fueron asesinados en sus apartamentos o a veces en los lugares de trabajo,
mientras intentaban conectarse al círculo de chat con
Bárbra Luvia. Todos, sin
excepción, aparecieron quemados en los dedos índice y corazón con una marca
venenosa, la famosa araña que se balancea en la red.
Pero no murieron todos por
envenenamiento, porque el veneno era en realidad un distractor
utilizado por el psicópata como parte de su divertimento. Los homicidios eran
distintos, cada uno tenía características diferentes por lo que la policía
pensó que se trataba de varios asesinos.
Meses antes, en la consulta del Doctor Samuelson, se había presentado un hombre de unos veinticinco años, remitido por los
médicos del Seguro Social con diagnóstico de trastorno bipolar. En la primera
consulta el médico observó que su paciente estaba obsesionado por las revistas
de cómics, posibles causantes de una depresión
profunda.
El doctor Samuelson,
con mucha paciencia, examinó las historietas que el hombre guardaba celosamente
en un maletín, bajo llave. Eran dibujos infantiles, aparentemente inofensivos,
pero le llamó la atención la forma como los dibujos alteraban el comportamiento
del enfermo.
Después de algunas sesiones descubrió
que, en la infancia, este paciente se había enamorado de una muchacha-cómic
llamada Kara y que su padre lo castigaba dejando de
comprarle la serie de aventuras cuando le iba mal en la escuela. Con el tiempo,
el paciente descubrió que la actriz Bárbra Luvia era la misma Kara de las
historietas.
Trabajó duro para viajar a conocerla;
escribió varios correos a su representante y hasta llegó a tener una cita con
él. Quería que Bárbra le firmara un autógrafo en la
espalda y le aceptara una invitación a cenar.
Rechazó la respuesta del agente de Bárbra
cuando dijo que ella era un ser virtual y que, debía esperar por lo menos un
año hasta cuando ella estuviera en el mundo virtual, para que en una sala computarizada pudieran
tener una cita.
Para El Hombre de la Red, no podía ser
cierto que aquella mujer de facciones perfectas y cuerpo metálico fuera un
sueño, una invención del computador. Pero esto no se lo dijo al psiquiatra; lo
descubrieron juntos, el psiquiatra y el Inspector, una vez identificaron al
psicópata.
El médico asistió a la indagatoria y
reconoció al paciente que doce meses antes había llegado a su consultorio con
una depresión severa. Era él. Pero el psicópata no tenía nada qué declarar.
El Inspector dijo que tenía derecho a
hacer una llamada y el hombre, aprisionando el único cómic que le quedaba de su infancia dijo:
-Inspector, marque por favor al teléfono
privado de Bárbra Luvia...
fin
Este pertenece al libro el oficio de restar, de
Dulce María Bautista, donde usted puede encontrar alrededor de una decena de bellísimos cuentos, como este.

Dicho libro lo publica y distribuye Editorial
Carrera 7ª, de Bogotá, DC.
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