|
Administración, proyectos y desarrollo comunitario Capacitación, asesorías y consultorías
| |||||||
|
|
|
Por: Dulce maría Bautista[1] LA CITA
“Aquella sonrisa y aquel gesto
tenían encanto y elegancia,
mientras que el rostro y el cuerpo ya no tenían encanto alguno.”
Kundera. La Inmortalidad Señorita,
¿cree que me veo de cuarenta años?- Preguntó la mujer, preocupada, a una
dependienta del almacén. La vendedora se compuso los lentes, se acercó
al rostro de la clienta y, después de unos segundos, declaró solemnemente: -No, Señora, ¡luce usted de veinticinco! -¡Imposible!-Chilló la clienta- Ya tengo
arrugas de expresión. ¡Míreme de nuevo! La dependienta se acercó otra vez y, a su
juicio, una arruga a cada lado de los labios y una y media en cada ojo no eran
signos definitivos de envejecimiento. -No, sus líneas de expresión las tienen las
chicas desde los veinte años. Es más, yo conozco varias que tienen canas desde
niñas. Las líneas de expresión se producen por otras razones, no por
envejecimiento. -¿De veras? ¿Está segura de lo que dice? -¡Por supuesto! No debe preocuparse. La clienta estuvo pensativa unos segundos y,
después, deambuló por el estrecho espacio del almacén. Miró varios pantalones
con aire de displicencia y luego preguntó a la vendedora si tenía uno talla
diez. Se lo midió sólo para corroborar que, irremediablemente, era talla doce.
Sin embargo refunfuñó: -No entiendo por qué no me sirve este pantalón
talla diez. La dependienta sonrió. Bajó los ojos. Parecía
avergonzada y no le quedó más remedio que encogerse de hombros y apretar el
pantalón que la señora acababa de devolverle. -No sé qué me pasó... ¿Serían las vacaciones?
¡Imposible! Yo no como harinas, tampoco dulces, hago ejercicio... ¡Tienen que
ser los cuarenta! –Dijo la clienta con desesperación. -Claro que no... A veces una se descuida. O
tal vez está reteniendo líquidos... ¡Debería visitar al médico! -¿Me presta un pantalón talla doce? La clienta respiró aliviada y, al punto, abrió
el vestier
con cara de alegría. -¿Cómo me queda? -Bien –respondió la vendedora- ¡Tiene usted un
cuerpo de quinceañera! * * * Arturo se quedó un rato frente al espejo y
encendió el reflector auxiliar para verse mejor. Salvo algunas arrugas en el
rabillo del ojo, conservaba las facciones de sus veinte años. A nadie se le
ocurriría pensar que el secreto de su “eterna juventud” era el consejo materno.
Desde joven había aprendido algunos secretos de la cosmetología como las
mascarillas, la glicerina y, sobre todo, las propiedades del sebo. Gracias a una pomada de sebo de res
aromatizada con esencia de fresa, chicle o talco, había conservado la piel
tersa hasta los cincuenta y tres. Y aquel secreto lo enorgullecía. Después de
afeitarse, se pasaba la mano y comprobaba que las mejillas y el mentón seguían
tersos como los de un niño. Pero aquel día no se trataba del típico ritual
de la comprobación sino de la preparación de un encuentro extraordinario con
Patricia, su nueva amiga de internet... * * * Arturo y Patricia se escribieron durante un
mes. El ejercicio escritural que empezó con un tímido
“Hola, te escribo para responder a tu aviso de internet”
se había transformado en una redacción febril, adolescencial que respondía a un cuestionario improvisado,
propio de quienes se comunican a través de la red, elemental, como es de
suponerse. ¿Cómo eres? ¿Cuántos años tienes? ¿Qué haces? ¿Cuáles son tus
pasatiempos? ¿Qué signo eres? Al principio fueron incursiones tímidas.
Arturo y Patricia pasaron por el dilema de la primera vez. La primera vez que Paty escribió, olvidó firmar el correo y al día siguiente
encontró una respuesta de Arturo con el siguiente encabezado: “Hola, no sé como
te llamas, pero gracias por contestar”. Luego vino la primera vez que Arturo le
hablaba de sí mismo, le contaba de su soledad, de su viudez, siguió la primera
vez que Paty habló de sus gustos, etcétera, etcétera hasta que se agotaron las primeras
veces de cada uno. Entonces vino la fase dos, que consiste en el intercambio de
teléfonos y, de ahí en adelante, gracias a la antiquímica
de la red, surgió una especie de amistad. Con la amistad vino el tercer paso,
el más grave de todos, la cita. ¿Cuándo nos vemos? La próxima semana? ¿La otra? Estás ocupada? ¿Cuándo
tendrás tiempo? Y así sucesivamente hasta agotar el inventario... Siguieron otro tiempo comunicándose por internet, porque ambos tenían miedo de verse. Comprobaron
que tenían bellas voces, bellas frases, mala ortografía, cuarenta años ella y
cincuenta y tres él, edades perfectas, condiciones perfectas para enviar
mensajes afectuosos y cansarse de las charlas interminables día por medio.
Arturo decidió utilizar la táctica del silencio. No escribió durante una
semana. Ahí fue cuando Patricia decidió que había llegado el momento de
conocerlo personalmente. * * * Arturo sabía que Patricia era delgada,
probablemente talla diez. Le gustaban las ropas ajustadas y las minifaldas. Una
mujer a los cuarenta todavía se puede dar ese lujo, eso le parecía bien a
Arturo. Patricia sabía que Arturo era cincuentón y de
vestir elegante. Dijo que tenía un cuerpo atlético. Era lo que alcanzaba a
recordar mientras aguardaba en el estacionamiento del centro comercial en donde
se habían citado. Prefirió guardar las llaves del auto y recostarse en la
puerta del conductor para que pasaran unos minutos, pero al punto pensó que era
mejor ganarle en la cita. Verlo antes le daría una ventaja, si no le agradaba,
se podía devolver y largarse a su casa. Arturo pensó que debía llegar temprano por si
la mujer era muy fea. No llevaría corbata roja como le había dicho, para
despistar al enemigo y poder escabullirse en caso tal. Estaba sentado en el
café y la vio salir del ascensor. Cuarenta años muy mal llevados, una mujer
gorda, en minifalda, con un atuendo talla doce que no le sentaba nada bien. No
era espigada, elegante ni nada que se le pareciera. No se arriesgaría. El uso
de su mascarilla de sebo con olor a fresa chicle o talco no le permitía
soportar un insulto semejante. Debió suponerlo y se lo reprochó apenas unos
segundos antes de cancelar la cuenta. Corrió, como un niño que huye de la bruja
mala de los cuentos y supo que, definitivamente, era mejor conversar con Paty
por Internet. Ya se le ocurriría una excusa. Que se había mudado de ciudad, de
planeta, cualquier cosa, con tal de no sentarse al frente de semejante gorda
descomunal... fin Este pertenece al libro el oficio de
restar, de Dulce María Bautista, donde usted puede encontrar alrededor de una decena de bellísimos cuentos, como este.
Dicho libro lo publica y distribuye
Editorial Carrera 7ª, de Bogotá, DC.
|
Patrocinadores
|
Copyright© 2003,
Armando Malebranch Eraso
D.
[1] Dulce María Bautista Luzardo
nació en Pamplona, Colombia. Es Magíster en Literatura de la Universidad Javeriana. Ganadora del premio de cuento del INSTITUTO DE
CULTURA Y TURISMO, 1997 y Finalista del Concurso PRENSA NUEVA de Ibagué, 1991.
Ha
sido profesora de la Pontificia Universidad Javeriana,
en la Facultad de Comunicación, en la Universidad de Pamplona, conferencista de
la cátedra de Octavio Paz, el Seminario de Modernidad y Posmodernidad
y ponente en el Congreso Internacional de Literatura y Semiótica en 2001,
directora del Posgrado en Cultura y Arte Folk de la Universidad Santo Tomás de Bogotá, Directora del
área Sociohumanística de la Facultad de Economía en
la Universidad Católica de Colombia, catedrática de Promoción de la lectura en la Universidad de la Salle y
de Semiología en Unitec.
Publicaciones:
Una Camella Blanca en mi Jaima. (Cuento) Tercer Mundo
Editores. Bogotá, 1998.
Fuera
de Clase. Antología de cuentos. CEJA. Universidad Javeriana.
2001