Administración, proyectos y desarrollo comunitario

Capacitación, asesorías y consultorías  



* Artículos de opinión  

* Capacitación  

* Libros virtuales  

* TRM de Colombia  

* Noticias de Colombia  

* Planeación municipal  

* Presupuestos Municipales  

* Organización comunitaria  

* Economía solidaria  

* Manejo de cuencas  

* Gestión de proyectos  

* Liderazgo campesino  

* Clima en el mundo  

* Cuentos  

* Páginas amigas  

* Consiga empleo  

* Ayudante de tareas  

* Tablón de anuncios  

* Intercambio de banners  

* Frases célebres  

* Curiosidades  

* Entretenimiento  

* Clasificados  

* Compre libros  

* Publicidad  

* Cine análisis  


Cuentos, cuentos, cuentos.....

 

 

Por: Dulce maría Bautista[1]

LA CITA

“Aquella sonrisa y aquel gesto

tenían encanto y elegancia,

mientras que el rostro y el cuerpo

ya no tenían encanto alguno.”

Kundera. La Inmortalidad

 

 

Señorita, ¿cree que me veo de cuarenta años?- Preguntó la mujer, preocupada, a una dependienta del almacén.

La vendedora se compuso los lentes, se acercó al rostro de la clienta y, después de unos segundos, declaró solemnemente:

-No, Señora, ¡luce usted de veinticinco!

-¡Imposible!-Chilló la clienta- Ya tengo arrugas de expresión. ¡Míreme de nuevo!

La dependienta se acercó otra vez y, a su juicio, una arruga a cada lado de los labios y una y media en cada ojo no eran signos definitivos de envejecimiento.

-No, sus líneas de expresión las tienen las chicas desde los veinte años. Es más, yo conozco varias que tienen canas desde niñas. Las líneas de expresión se producen por otras razones, no por envejecimiento.

-¿De veras? ¿Está segura de lo que dice?

-¡Por supuesto! No debe preocuparse.

La clienta estuvo pensativa unos segundos y, después, deambuló por el estrecho espacio del almacén. Miró varios pantalones con aire de displicencia y luego preguntó a la vendedora si tenía uno talla diez. Se lo midió sólo para corroborar que, irremediablemente, era talla doce. Sin embargo refunfuñó:

-No entiendo por qué no me sirve este pantalón talla diez.

La dependienta sonrió. Bajó los ojos. Parecía avergonzada y no le quedó más remedio que encogerse de hombros y apretar el pantalón que la señora acababa de devolverle.

-No sé qué me pasó... ¿Serían las vacaciones? ¡Imposible! Yo no como harinas, tampoco dulces, hago ejercicio... ¡Tienen que ser los cuarenta! –Dijo la clienta con desesperación.

-Claro que no... A veces una se descuida. O tal vez está reteniendo líquidos... ¡Debería visitar al médico!

-¿Me presta un pantalón talla doce?

La clienta respiró aliviada y, al punto, abrió el vestier con cara de alegría.

-¿Cómo me queda?

-Bien –respondió la vendedora- ¡Tiene usted un cuerpo de quinceañera!

 

* * *

 

Arturo se quedó un rato frente al espejo y encendió el reflector auxiliar para verse mejor. Salvo algunas arrugas en el rabillo del ojo, conservaba las facciones de sus veinte años. A nadie se le ocurriría pensar que el secreto de su “eterna juventud” era el consejo materno. Desde joven había aprendido algunos secretos de la cosmetología como las mascarillas, la glicerina y, sobre todo, las propiedades del sebo.

 

Gracias a una pomada de sebo de res aromatizada con esencia de fresa, chicle o talco, había conservado la piel tersa hasta los cincuenta y tres. Y aquel secreto lo enorgullecía. Después de afeitarse, se pasaba la mano y comprobaba que las mejillas y el mentón seguían tersos como los de un niño.

 

Pero aquel día no se trataba del típico ritual de la comprobación sino de la preparación de un encuentro extraordinario con Patricia, su nueva amiga de internet...

 

* * *

 

Arturo y Patricia se escribieron durante un mes. El ejercicio escritural que empezó con un tímido “Hola, te escribo para responder a tu aviso de internet” se había transformado en una redacción febril, adolescencial que respondía a un cuestionario improvisado, propio de quienes se comunican a través de la red, elemental, como es de suponerse. ¿Cómo eres? ¿Cuántos años tienes? ¿Qué haces? ¿Cuáles son tus pasatiempos? ¿Qué signo eres?

 

Al principio fueron incursiones tímidas. Arturo y Patricia pasaron por el dilema de la primera vez. La primera vez que Paty escribió, olvidó firmar el correo y al día siguiente encontró una respuesta de Arturo con el siguiente encabezado: “Hola, no sé como te llamas, pero gracias por contestar”. Luego vino la primera vez que Arturo le hablaba de sí mismo, le contaba de su soledad, de su viudez, siguió la primera vez que Paty habló de sus gustos, etcétera, etcétera hasta que se agotaron las primeras veces de cada uno. Entonces vino la fase dos, que consiste en el intercambio de teléfonos y, de ahí en adelante, gracias a la antiquímica de la red, surgió una especie de amistad. Con la amistad vino el tercer paso, el más grave de todos, la cita. ¿Cuándo nos vemos? La próxima semana? ¿La otra? Estás ocupada? ¿Cuándo tendrás tiempo? Y así sucesivamente hasta agotar el inventario...

Siguieron otro tiempo comunicándose por internet, porque ambos tenían miedo de verse. Comprobaron que tenían bellas voces, bellas frases, mala ortografía, cuarenta años ella y cincuenta y tres él, edades perfectas, condiciones perfectas para enviar mensajes afectuosos y cansarse de las charlas interminables día por medio. Arturo decidió utilizar la táctica del silencio. No escribió durante una semana. Ahí fue cuando Patricia decidió que había llegado el momento de conocerlo personalmente.

 

* * *

 

Arturo sabía que Patricia era delgada, probablemente talla diez. Le gustaban las ropas ajustadas y las minifaldas. Una mujer a los cuarenta todavía se puede dar ese lujo, eso le parecía bien a Arturo.

 

Patricia sabía que Arturo era cincuentón y de vestir elegante. Dijo que tenía un cuerpo atlético. Era lo que alcanzaba a recordar mientras aguardaba en el estacionamiento del centro comercial en donde se habían citado. Prefirió guardar las llaves del auto y recostarse en la puerta del conductor para que pasaran unos minutos, pero al punto pensó que era mejor ganarle en la cita. Verlo antes le daría una ventaja, si no le agradaba, se podía devolver y largarse a su casa.

 

Arturo pensó que debía llegar temprano por si la mujer era muy fea. No llevaría corbata roja como le había dicho, para despistar al enemigo y poder escabullirse en caso tal. Estaba sentado en el café y la vio salir del ascensor. Cuarenta años muy mal llevados, una mujer gorda, en minifalda, con un atuendo talla doce que no le sentaba nada bien. No era espigada, elegante ni nada que se le pareciera. No se arriesgaría. El uso de su mascarilla de sebo con olor a fresa chicle o talco no le permitía soportar un insulto semejante. Debió suponerlo y se lo reprochó apenas unos segundos antes de cancelar la cuenta. Corrió, como un niño que huye de la bruja mala de los cuentos y supo que, definitivamente, era mejor conversar con Paty por Internet. Ya se le ocurriría una excusa. Que se había mudado de ciudad, de planeta, cualquier cosa, con tal de no sentarse al frente de semejante gorda descomunal...

fin

 

Este pertenece al libro el oficio de restar, de Dulce María Bautista, donde usted puede encontrar alrededor de una decena de bellísimos cuentos, como este.

 

 

Dicho libro lo publica y distribuye Editorial Carrera 7ª, de Bogotá, DC.


Patrocinadores  






Cómo pautar aquí  


Copyright© 2003, Armando Malebranch Eraso D.


2


[1] Dulce María Bautista Luzardo nació en Pamplona, Colombia. Es Magíster en Literatura de la Universidad Javeriana. Ganadora del premio de cuento del INSTITUTO DE CULTURA Y TURISMO, 1997 y Finalista del Concurso PRENSA NUEVA de Ibagué, 1991.

Ha sido profesora de la Pontificia Universidad Javeriana, en la Facultad de Comunicación, en la Universidad de Pamplona, conferencista de la cátedra de Octavio Paz, el Seminario de Modernidad y Posmodernidad y ponente en el Congreso Internacional de Literatura y Semiótica en 2001, directora del Posgrado en Cultura y Arte Folk de la Universidad Santo Tomás de Bogotá, Directora del área Sociohumanística de la Facultad de Economía en la Universidad Católica de Colombia, catedrática de Promoción de la lectura en la Universidad de la Salle y de Semiología en Unitec.

 

Publicaciones: Una Camella Blanca en mi Jaima. (Cuento) Tercer Mundo Editores. Bogotá, 1998.

Fuera de Clase. Antología de cuentos. CEJA. Universidad Javeriana. 2001