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Cuentos, cuentos, cuentos.....

 

 

 

SOY TU

 

Por: Dulce maría Bautista[1]

 

A William Sierra

 

Al otro lado de la línea contestó una voz idéntica a la suya. Al menos eso fue lo que supuso cuando la escuchó decir ¿Aló? Y para confirmarlo, usted carraspeó y se puso muy nerviosa, como si hubiera equivocado el número telefónico, pero de inmediato volvió a escuchar la misma palabra, sonora, casi tangible. ¿Aló? Repitió en el mismo tono que usted suele utilizar cuando se impacienta. ¿Cómo era posible que fuese usted, del otro lado de la línea?

 

Había oído hablar de los dobles. Según parecía, aquella chica debía ser idéntica a usted. Una mujer de mediana estatura, morena, de cabello corto y pestañas rizadas, ojos expresivos y cejas espesas. ¡Qué casualidad! Sólo por la vía telefónica usted había encontrado a su doble y no se resistía a saber su nombre, su procedencia, sus pasatiempos...

 

Y de inmediato estableció una comunicación y ella le reconfirmó la sospecha. ¡Nos parecemos! Gritó al otro lado de la línea y aclaró: Bueno, al menos lo supongo, por el tono de su voz. ¿Usted es blanca o morena ? Preguntó ella. Entonces usted se quedó callada unos segundos y, al otro lado, se oyó una risita tras la cual escuchó la confirmación de sus sospechas; era morena y, tal como hemos dicho, literalmente igual a usted.

 

Se encontraron el fin de semana y se dieron cuenta de que eran distintas. Ella era rubia, alta y desgarbada, demasiado flaca y de cabello largo. Entonces ¿por qué había dicho que era como usted y se había extendido en los detalles físicos? El impacto fue fulminante. Usted esperaba encontrar a su doble, exactamente como ella la había descrito.

 

En el transcurso de la conversación usted se dio cuenta de que si bien no se parecían físicamente a excepción de la voz, eran exactas en las formas de pensar y casi no podían hablar porque ella respondía como usted lo habría hecho. Eran idénticas en el pensamiento, ¿no es cierto?

 

Y siguieron viéndose durante meses y se hicieron amigas sin que hubiera muchos secretos porque siempre pensaban igual, sabían lo mismo y decían lo mismo y aquel juego no era para nada aburrido, porque engañaban con facilidad a quienes querían y en ese juego se les fue mucho tiempo en tanto cada una seguía con su vida y hacía su trabajo y se enamoraba del mismo hombre, de ese gordiflón casado, viejo verde, que las quería tan sólo para pasar el tiempo, pero no sentían celos la una de la otra porque el juego les servía de catarsis y aceptaron compartirlo, sin mayor inconveniente.

 

Se turnaban los sábados. ¿Recuerda? Ella porque era su empleada y usted, porque siendo la mejor amiga no se podía quedar atrás. Pero el error fue haber experimentado con sus idénticos modos de pensar. Entonces entraron a suponer cosas respecto al hombre. Así se descubrió que a la una la utilizaba para pasar un buen rato, por aquello de que las morenas son muy buenas en la cama, pero a ella, a la otra, la empezaba a querer y ella lo sabía, y usted, por supuesto, lo supo también, sin que pasara mucho tiempo y empezó a esconderse para que ella no se diera cuenta de sus intenciones, para que no descubriera la rabia que le tenía, la envidia, el desprecio, porque una rubia desabrida ¿qué le puede dar a su patrón más que una vida de tedio, es decir, de matrimonio?

 

Cuando lo supo, usted se prohibió pensar. Pese a la distancia, ella sabía de usted y sus pensamientos, de sus deseos y bajezas, quiero decir de su odio y del irresistible deseo de deshacerse de ella. Pretextó una indisposición debida a la hipoglicemia y rezó con fervor todas las noches para que le diera la enfermedad y lo logró, llámese sugestión o autohipnosis, pero a la vuelta de algunas semanas usted estaba enferma y no podía complacer al hombre, porque estaba muy débil, más flaca, con ojeras y sudores. En efecto, era la hipoglicemia y, gracias a Dios, porque de lo contrario ella habría descubierto sus planes.

 

Así se fue alejando de su hombre para olvidarlo antes de actuar. Quería poner una cierta distancia que le permitiera considerar que la otra, es decir, su amiga, tenía todo el derecho a realizar sus sueños con el hombre. Usted sabía que ella estaba enamorada de él y no valía la pena ponerse a batallar por un hombre que a usted sólo la usaba. Y si el amor es un sentimiento tan puro y tan grande, cualquiera puede cargar con el hombre a quien ama en cualquier circunstancia. Qué importaba si después su amiga se lo reprochaba o si usted tenía que pasar varios años en una cárcel y aunque la solución pareciera de telenovela mejicana usted pensó que era la mejor y que tenía todo el derecho de hembra herida a ejercer su justicia.

 

Ella no debía enterarse. Así los pensamientos volaran por su imaginación y los leyera su amiga, podía decirle que eran sueños, pesadillas más bien y que la hipoglicemia la tenía tan enferma que esas ideas le rondaban en la cabeza. Y eso mismo le respondió usted cuando ella le reclamó. Ella dijo que sabía que usted quería mutilarle a su hombre y que no era justo, que no era ni sentimental, ni grotesco, sino sencillamente injusto y que no lo hiciera porque la vida era una sola y que usted tenía muchas oportunidades, etcétera, etcétera.

 

Pero a usted no se le iba la idea de la cabeza y, en una de esas noches de pasión teatral, decidió que lo haría. Tal vez no esperaba que ella reaccionara tan pronto, y no tuvo tiempo para pensar que estaba en la puerta, dispuesta a enterrarle un arma blanca en donde se pudiera, considerando que ella no sabía que, para matar a una persona, se necesita saber un poco de anatomía y usted, se quitó al hombre de encima para esquivar la puñalada, pero no tuvo los suficientes reflejos o el hombre pesaba mucho, en fin, qué pudo ser, no se sabrá.

 

Usted se oyó decir palabras soeces, se oyó sollozar, pero era ella, su amiga, su gemela de voz y de pensamiento y maldijo en ese instante la mala suerte de habérsela topado. En su mente y en la de ella había muchas voces confusas que no eran ni siquiera reclamos, sino lamentos. Esta era la vida real, ¿recuerda? Sin embargo, usted pedía a gritos que fuera una novela, que no tuviera que soportar el dolor, ese destemplado metal que se volvió sangre y manchó rápidamente la sábana.

 

El hombre trató de vestirse y usted lo vio salir, despavorido, como si asistiera a una escena de las “gemelas del mal”. Ella no quería hacerlo y no necesitaba decirlo porque usted sabía qué pensaba. Usted tampoco quería hacerlo, pero se le pasó por la mente y era lógico que su amiga actuara en defensa de lo suyo.

 

Ahora el hombre no es de ninguna. Ambas piensan lo mismo de él y la una de la otra. Lo único difícil es superar la cicatriz de la cara. La de la mano no ha sido importante, la herida fue sólo en la palma. Pero ahora usted sabe que adentro sólo tiene un mundo de rabia; está muy resentida con su amiga y se niega a escucharla. Ella está sinceramente arrepentida de haberla lastimado y, de ser posible, le pagará una cirugía plástica. Mírelo por el lado bueno; ahora, por lo menos, tienen pensamientos distintos. Ella de culpa hacia usted y usted de rencor auténtico. ¿No cree que ahora son de veras distintas?

 

fin

 

Este pertenece al libro el oficio de restar, de Dulce María Bautista, donde usted puede encontrar alrededor de un decena de bellísimos cuentos, como este.

 

 

Dicho libro lo publica y distribuye Editorial Carrera 7ª, de Bogotá, DC.


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Copyright© 2003, Armando Malebranch Eraso D.


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[1] Dulce María Bautista Luzardo nació en Pamplona, Colombia. Es Magíster en Literatura de la Universidad Javeriana. Ganadora del premio de cuento del INSTITUTO DE CULTURA Y TURISMO, 1997 y Finalista del Concurso PRENSA NUEVA de Ibagué, 1991.

Ha sido profesora de la Pontificia Universidad Javeriana, en la Facultad de Comunicación, en la Universidad de Pamplona, conferencista de la cátedra de Octavio Paz, el Seminario de Modernidad y Posmodernidad y ponente en el Congreso Internacional de Literatura y Semiótica en 2001, directora del Posgrado en Cultura y Arte Folk de la Universidad Santo Tomás de Bogotá, Directora del área Sociohumanística de la Facultad de Economía en la Universidad Católica de Colombia, catedrática de Promoción de la lectura en la Universidad de la Salle y de Semiología en Unitec.

 

Publicaciones: Una Camella Blanca en mi Jaima. (Cuento) Tercer Mundo Editores. Bogotá, 1998.

Fuera de Clase. Antología de cuentos. CEJA. Universidad Javeriana. 2001