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Cuentos, cuentos, cuentos......

 

 

 

BUENOS DÍAS, PROFESOR

 

“En el ‘hombre’ mete todo lo espiritual,

sublimado o, por lo menos cultivado,

que encuentra dentro de sí, y en el ‘lobo’

todo lo instintivo, fiero y caótico.”

Hesse. El lobo estepario.

Por: Dulce María Bautista[1]

 

“Se necesita profesor de literatura para una sociedad multicultural y poliédrica”, rezaba el aviso que El Maestro resolvió contestar con su hoja de vida.

 

En efecto, quince días después, recibió por Internet una cita para la entrevista en la cual, además, debía acreditar las siguientes condiciones:

 

1. Experiencia en psicología intercultural

2. Especialización en sistemas interactivos

3. Investigación en relaciones internáuticas

4. Competencia en comunicación proactiva

5. Publicaciones acerca de su proyección personal en la red

6. Excelente estado físico y mental certificado por un médico de la Sociedad de Profesores.

 

Señaló con una equis cada uno de los requisitos y, a excepción del último, podía acreditarlos todos. Desde hacía más de diez años asistía a cursos referentes al nuevo sistema educativo y, podría decirse, estaba en capacidad de desempeñarse como todo un maestro de la actualidad. Respondió que estaría a tono con la entrevista, a condición de que el examen médico se lo practicaran una vez fuera aceptado en el cargo.

 

Se presentó puntualmente a las ocho de la mañana según lo convenido y no tuvo que esperar más de cinco minutos. Una mujer alta de lentes oscuros, le hizo las preguntas de rigor: ¿Conoce usted la red al punto de considerarse un verdadero internauta? ¿Sabe cómo evitar la dispersión de los estudiantes cuando se encuentren con los típicos distractores de internet? ¿Ha realizado investigaciones de comportamiento en relación con los usuarios de la red? ¿Conoce las conexiones más importantes de las bibliotecas virtuales? ¿Se considera apto para dirigir una investigación?, etcétera, etcétera.

 

El maestro aprobó la primera entrevista y pasó al examen psicotécnico. Ante una superpantalla, control en mano, ataviado como un astronauta, vivió diversas situaciones virtuales que le parecieron graciosas. Aparecía en el salón de clase el típico estudiante despistado que llega de Tokio el día anterior y todavía no asimila los sistemas culturales; después se enfrentó a la chica play que no tiene idea de cómo conectarse a una biblioteca; luego pasó al negrito musical que combina rítmicamente las bases de datos, hasta llegar al niño que debe sentarse ante un panel de estimulación temprana.

 

Las dudas, las resuelve el simulador (es un aparato conectado al pulso del maestro). Siempre existe una oportunidad de ensayar antes de interactuar, pues si el estudiante se siente menospreciado, el sistema anotará dos o tres puntos negativos que reducen considerablemente el sueldo. Mucho más, si se le dice al negrito musical que sus ritmos son interesantes, pero definitivamente no caben en el cuento, entonces se restarán doce puntos en el sistema, lo cual equivale a trabajar gratis el resto del mes, y, así sucesivamente. Por eso el simulador es de gran ayuda, porque a la menor respuesta equivocada, él dará una serie de opciones que el profesor puede ensayar para que la clase salga de la mejor manera, es decir, para que el sueldo se conserve lo más íntegro posible. Claro, eso significa que cada respuesta errónea controlada por el simulador apenas rebaja el sueldo en una milésima de fracción. Pero con tal de no traumatizar al infante de la estimulación temprana y recibir como sanción la suspensión de la licencia de enseñanza por un lapso mínimo de doce meses, todo lo demás puede mediarse, gracias al simulador y a la pericia del maestro.

 

De esta forma, pensando más que respondiendo de inmediato, El Maestro perdió algunos puntos en la sección que califica la agudeza, pero fue aceptado. Lo de la agudeza se puede adaptar, máxime si hablamos de que este profesor es un hombre de casi 60 años y es lógico suponer que su experiencia se paga y a cambio es indispensable soportar la demora en sus respuestas pues, como dice el sabio sistema: “es preferible aceptar la demora y atinar en la respuesta”.

 

Algunos días después visitó al médico y este corroboró lo que el sistema evaluaba. Era un hombre de respuestas lentas, pero verdaderas, lo cual se traduce en el sistema como aceptables. Se veía de temperamento afable y de trato virtualmente capaz de incentivar la investigación. El parte de la Sociedad de Profesores, firmado por un médico reconocido, fue positivo y el Maestro recibió una orden de trabajo con las condiciones estipuladas para estos casos.

 

 

El simulador sería su asistente de clase; debía preparar sus lecciones con una semana de antelación; las horas de preparación y corrección de trabajos serían reconocidas como bonificaciones, tanto en méritos como en dinero; podría vivir dentro del campus pagando una módica suma mensual por la alimentación, el agua, el servicio de computador-simulador y lo de ley. A cambio, debía presentarse cada dos semanas a consulta en la Sociedad de Profesores para que un médico competente revisara su estado físico y mental. Gratis, recibiría ofertas vacacionales algunas de ellas y otras a precios muy bajos en los mejores sitios de la red, con libertad para divertirse con cuantos juegos hubiera, etcétera, etcétera.

 

Después de una semana de ardua preparación, El Maestro se presentó a clase. Según las normas, puso su dedo corazón en la platina electrónica y así el sistema supo que se trataba de el Maestro e inmediatamente la puerta corrediza de metal azuloso, como un holograma del mar, se abrió. Le habían dicho que se pusiera los zapatos blancos y la escafandra por si acaso, pero no le dijeron en qué consistía el acaso.

 

Sintió que, desde el techo, una ráfaga caliente lo succionaba y, de inmediato, se vio volando en la mitad del salón de clase. El simulador dijo: Si se siente incómodo y prefiere dictar su clase bajo el efecto de los 9,8 m/seg2, por favor indíquelo con el cursor en la micropantalla de su escafandra. De lo contrario, tendrá usted la experiencia de dictar una clase desde la negación de la gravedad.

 

Por supuesto que, a la edad de el Maestro, aquellos juegos eran, lo menos, ridículos. Con mucha rabia pulsó el cursor y de inmediato cayó al suelo con todo el peso de los kilos de su edad, y quedó frente a un escritorio transparente de silicona y acrílico.

 

Por lo demás, era una sala vacía, sin pupitre, sin tablero, sin una pantalla de computador. En los distintos simulacros en los que había estado dentro de su última parte del posgrado, el Maestro pasó por alto que los alumnos también podían ser virtuales. La sala estaba completamente sola, adecuada con algunas luces que cambiaban de color e iban desde un suave violeta hasta el verde chillón en cromatías que variaban según la voluntad pedagógica del sistema. En fin, esto no le llevó más que un par de segundos al Maestro, que era un hombre relativamente adaptable y sólo quería cumplir con su deber.

 

“Muy bien”, dijo, “es hora de empezar”. Aquellas palabras sonaron como un monólogo en el desierto. El simulador dijo que aquella no era la frase convenida. El Maestro se rió. Había esperado por este momento sublime tanto tiempo, que continuó con el plan. “Ábrete sésamo”, dijo. El simulador contestó que no. Aquella tampoco era la frase convenida. “Érase una vez una niñita llamada caperucita roja...” “Estoy de acuerdo en que se trata de una clase de literatura, pero recuerde que las formas Érase una vez y sus derivadas se eliminaron hace dos siglos de los sistemas, por ser considerados lugares comunes...” En este momento, el simulador conservaba la voz amable de un guía ortográfico, pero un bombillo rojo del cursor se encendía para indicar que el Maestro estaba a punto de perder una milésima de su sueldo. El Maestro bajó la cabeza con cierta resignación y miró el cursor en rojo, que se volvía lentamente de color violeta, para indicarle que, además, le quedaba poco tiempo para resolver el impasse.

 

Era obvio que los alumnos estaban ansiosos por aquella clase de literatura, que, además, debía ser multicultural y poliédrica, y, claro, al demorarse, sólo lograba impacientar a su clase y que el sistema se sobrecargara de información, eso sin contar que, con el tiempo, empezarían a surgir demandas que, de llegar al Regimiento de Educación, podrían acarrear serias dificultades y hasta lograr el cierre de La Universidad. El Maestro lo comprendía perfectamente y seguía el dictamen de su ética, por lo cual se apresuró a responder:

 

“Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: ‘ya me duermo’ Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz...”

 

El Maestro tomó aliento, hizo una pausa y lo mismo el simulador y el sistema entero. De repente, hasta el vacío que empezaba en la coordenada media del salón de clase, se detenía, como si alrededor todo perdiera vida, como si se apagara repentinamente. Antes de que El Maestro pudiera continuar con la magistral apertura de Proust, el simulador le presentó los siguientes reparos: Mucho tiempo, bujía, libro, apagar de un soplo la luz... El bombillo rojo del cursor restó casi cuatro puntos al sueldo del Maestro, un caso insólito tratándose de un simulador y de un cursor, pues eran muchos puntos y mucho dinero por algo que todavía no se había dicho sino en la realidad virtual de la realidad virtual, es decir, en la metavirtualidad. Pero las declaraciones del Maestro atentaban contra la teoría cuántica, tocaban los aspectos vergonzosos de la humanidad tales como el uso de la bujía, el fuego primitivo de la vela de cera y, lo peor, el viejo formulario de papel llamado libro... No, no... cuatro puntos menos en el sueldo del Maestro por lo que aún no había dicho era un castigo benévolo, comparado con la repercusión de aquellas frases depresivas en la mente proactiva de los estudiantes.

Así quedó, y el sistema le dio una última oportunidad, para que corrigiera los derroteros de su clase y comenzara dignamente su trabajo como nuevo profesor de literatura.

 

Hubo otro silencio largo que el sistema estaba acostumbrado a tolerar, pues fue programado para entender que El Maestro, por ser un viejo, debía hacer esas pausas y esas pausas tienen un significado en las mentes proactivas, significado que le da la espectacularidad de asistir al evento de un “sabio”. El sistema le avisó al Maestro que le quedaban cinco segundos para empezar antes de dar la voz de alerta de cancelar su clase y entonces, hábilmente, el Maestro cambió de canal. Pasó al sistema manual por medio del cual se prescinde de la ayuda del simulador, claro, esto sólo lo hacen los grandes Maestros, pues el riesgo de perder el sueldo por falta del controlador de información es de 100%; sin embargo, decidió arriesgarse y sí, se canceló la injerencia del sistema y la refrigeración del simulador, por lo que la voz salió solemne por el parlante de la escafandra con las siguientes palabras:

 

“Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo...”

 

Ruidos similares a los de los cavernícolas que descorren las últimas piedras de sus guaridas se registraron en el recinto. Las luces de colores variados que alternaban en la sala se volvieron repentinamente pálidas, como las luces blancas de los hospitales y una luz roja situada en la puerta de entrada registró la alarma.

Por el altoparlante de la habitación, aparentemente invisible, se oyó una voz de emergencia, un mensaje transmitido en lenguaje análogo y los estudiantes, literalmente alumnos, salieron de todas partes de la pared y los techos y quedaron como los astronautas suspendidos en el ambiente ingrávido del salón de clase. Ahora sí habían entrado al salón y cada uno con su microcomputador en la mano, intentaba registrar de quién era la obra, de quién era la frase, todos querían competir y ganar en el juego de aquellas palabras dichas hacía miles de años por algún profeta de la literatura que se terminó evadiendo en una gasa de neblina virtual.

 

“¡Atención!”, Gritó el sistema en varios idiomas. “Inexplicablemente ha ocurrido un error en nuestra programación. Esperen en sus puestos, por favor, que en segundos será corregido”.

 

Era tarde. El Maestro había seguido con su clase, el cursor y el simulador personal se habían salvado gracias a la previsión del anciano de apagarlos antes de la colisión, un acto acertado para evitarle más pérdidas a la Universidad Poliédrica. Se sentía satisfecho. No había usado la máscara amarilla para hacer payasadas virtuales. No había lanzado una pregunta a la red para hacer un chiste virtual, recurso propio de los profesores alienados por el sistema, y no había tenido que hacer malabares en la zona antigravitacional para divertir a sus alumnos. Los había sacado de los alvéolos y estaban ahí, flotando, en lo que podría considerarse la primera revolución universitaria de la era virtual.

 

¿Cuánto tiempo le llevaría a la red recomponer los sistemas? No lo sabía. Hacía tiempo nadie hablaba de una palabra tan sucia, tan repugnante. Hacía tiempo los ojos y oídos virtuales no eran avasallados por la imagen de un insecto patas arriba...Hacía mucho tiempo, ningún Maestro hablaba de literatura...entonces, valía la pena una revolución. ¿No es cierto?

 

fin

 

Este cuento es tomado del libro el oficio de restar, de Dulce María Bautista, donde usted puede encontrar alrededor de una decena de bellísimos cuentos, como este.

 

 

Este libro lo publica y distribuye Editorial Carrera 7ª, de Bogotá, DC.

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Copyright© 2003, Armando Malebranch Eraso D.


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[1] Dulce María Bautista Luzardo nació en Pamplona, Colombia. Es Magíster en Literatura de la Universidad Javeriana. Ganadora del premio de cuento del INSTITUTO DE CULTURA Y TURISMO, 1997 y Finalista del Concurso PRENSA NUEVA de Ibagué, 1991.

Ha sido profesora de la Pontificia Universidad Javeriana, en la Facultad de Comunicación, en la Universidad de Pamplona, conferencista de la cátedra de Octavio Paz, el Seminario de Modernidad y Posmodernidad y ponente en el Congreso Internacional de Literatura y Semiótica en 2001, directora del Posgrado en Cultura y Arte Folk de la Universidad Santo Tomás de Bogotá, Directora del área Sociohumanística de la Facultad de Economía en la Universidad Católica de Colombia, catedrática de Promoción de la lectura en la Universidad de la Salle y de Semiología en Unitec.

Publicaciones: Una Camella Blanca en mi Jaima. (Cuento) Tercer Mundo Editores. Bogotá, 1998.

Fuera de Clase. Antología de cuentos. CEJA. Universidad Javeriana. 2001